La metáfora como posibilidad para el conocimiento de lo real. Lic. Graciela Di Filippo, Lic. Estela Ponisio

La metáfora como posibilidad para el conocimiento de lo real *

Lic. Graciela Di Filippo
Lic. Estela Ponisio

Nuestro interés en estudiar el tema de la metáfora tiene relación con la posibilidad de que, por la actividad heurística que conlleva, podamos defender su estatus cognitivo y destacarla como modo de acceder al conocimiento de lo real.
La metáfora en principio fue considerada como un problema sólo relativo al lenguaje. Sin embargo desde hace algún tiempo, aproximadamente desde mitad del siglo pasado, muchas disciplinas incluidas las filosóficas – más aún distintas corrientes psicológicas- vienen postulando que el uso de la metáfora tendría un lugar destacado en la constitución de nuestros sistemas conceptuales. Algunas posturas que defienden el impacto que produciría la metáfora en nuestros esquemas conceptuales estarían señalando una relación con el conocimiento del mundo no sólo lingüística o no necesariamente lingüística.
Por su parte, otras posiciones teóricas han intentado demostrar que el modo privilegiado de pensar el proceso de conocimiento es el modo lingüístico. Destacan que es el propio lenguaje el que nos ofrece los suficientes elementos como para encontrar en él toda la descripción de lo que es el mundo.
Ahora bien, esta relación del conocimiento con una determinada correlación con el lenguaje ha dado como resultado la aceptación de que el conocimiento se exprese lingüísticamente pero se ha exigido que debe haber un modo de lenguaje que exprese claridad y certeza sobre el conocimiento que se enuncia. En tal sentido, el lenguaje pasó a ser un sistema fuertemente codificado que permitió esclarecer, brindar certeza. En este contexto, la metáfora puede ser considerada como modo de expresión, tal vez de conocimiento; sólo si puede ser traducida a ese lenguaje ya codificado, vale decir “traducida” a “lenguaje literal”.
Otra versión sobre el lenguaje considera que en éste ocurren determinados fenómenos como la ambigüedad, la vaguedad, la inestabilidad de los campos semánticos, la imposibilidad de buscar asegurar el significado mediante procesos de definición que demostrarían la imposibilidad de que el lenguaje sea la vía de expresar certeza. Así la metáfora sería expresión del carácter figurativo, creativo e inventivo de nuestra relación con el mundo.
En este trabajo, vamos a detenernos en un recorte específico que considera a la metáfora con capacidad para proveer conocimiento. Sabido es que desde lo epistemológico y ontológico como reacción antipositivista diversos autores, entre los que podemos destacar – por ser referentes de autores posteriores – a Kuhn, Black, Hesse aunque con diferencias entre ellos, que destacan el papel de los modelos y metáforas en la adquisición y transmisión del conocimiento científico.
En tal sentido, la parte central de nuestro trabajo desarrollará el posicionamiento de Michael Arbib y Mary Hesse respecto del papel preponderante que otorgan a la metáfora como recurso para el progreso en el conocimiento científico.
En una primera parte referenciaremos algunas consideraciones del contexto más amplio de conocimiento en el que postulan su posicionamiento. Seguidamente destacaremos aspectos de la adquisición del lenguaje y su relación con el conocimiento del mundo y cerraremos la presentación desde lo específicamente epistemológico.

Desarrollo

El presente trabajo recoge algunas ideas sobre la contribución que aporta el uso de las metáforas a la epistemología desarrollada por Mary Hesse y Michael Arbib en el libro “La construcción de la realidad”. En su desarrollo general postulan una teoría de la construcción de la realidad por parte del individuo mediante un sistema de esquemas o representaciones mentales que incluye la construcción social del lenguaje, la ciencia, la ideología y la religión.
A lo largo de la obra despliegan estas dimensiones y luego tratan de sintetizar estas posturas proponiéndose como desafío dilucidar cómo los individuos pueden convertirse en miembros de una comunidad en la que ejercitan su capacidad de consenso y a la vez desarrollan posibilidades para el cambio social.
Otro desafío – quizás de mayor especificidad para la temática que nos convoca – es el de plantearse si podremos abordar esa realidad en un sistema de metáforas cambiantes que enlacen los conceptos más abstractos, científicos y religiosos, con las realidades de la vida cotidiana.
Aseveran que gran parte de la construcción de la realidad está regida por la convención. El desarrollo de un individuo está modelado por la estructuración previa obtenida por la sociedad, como en las “reglas” del lenguaje y la interacción social. Dentro de esta trama analizan la necesidad de encontrar un orden, sea por parte de los científicos en la búsqueda de principios unificadores, o por parte de la sociedad en la búsqueda de una mejor vida.
En la medida en que estos esquemas unificadores son procesos sociales es que pueden entenderse las diferencias entre sociedades, épocas, conocimientos e investigaciones científicas.

Teoría de esquemas y teoría del lenguaje

Desde el desarrollo teórico de la teoría de esquemas (1), estos autores establecen una teoría del lenguaje bastante general que les permite describir el uso de éste en contextos cotidianos, en la ciencia y en la religión. Esta generalidad les permite sostener que no existe ninguna dicotomía entre lenguaje literal o científico, por una parte, y lenguaje metafórico, por otra. Consideran al lenguaje metafórico estimando el hecho de que cada vez que usamos el lenguaje, hay una riqueza de asociación que va más allá de toda noción restringida de lo que podríamos denominar significado “literal”. En este sentido prefieren ver el sentido literal como: “límite de un continuo de metáfora antes que como una forma marcadamente distinta de significado a partir del cual la metáfora deba definirse como desviación” (Arbib y Hesse, 1998, 31)
Específicamente, señalan que entendemos el lenguaje gracias a que estamos dentro de un sistema de símbolos holísticos, codificado en los esquemas de “nuestra cabeza”, los que en su gran mayoría han sido asimilados inconscientemente. Nuestra utilización del lenguaje se basa más que en definiciones precisas en un uso – no necesariamente consciente – de esquemas que son el resultado de una interacción compleja y rica, que de ningún modo carece de ambigüedad, con una realidad física y social.

El lenguaje como metáfora

La teoría de esquemas como representación de la construcción del conocimiento físico y social les permite describir la adquisición del lenguaje, que consideran se logra de modo holístico. Aseguran, además, que el significado de las palabras cambia a medida que cambian nuestros estados mentales.
Reconocen que tanto el carácter holístico de la adquisición del lenguaje como el carácter dinámico respecto del cambio de significados han sido cuestionados por una antigua tradición filosófica. Acerca del primero por considerar que ninguna persona podría ser capaz de aprender todos los nombres y predicados de manera simultánea, y en contra del dinamismo por considerar que si los significados de las palabras cambian cuando cambia nuestro conocimiento del mundo, deberíamos abandonar la noción misma de significado ya que ninguna palabra tendría nunca el mismo significado.
Los autores señalan que estos cuestionamientos son comunes en los análisis filosóficos del lenguaje pero advierten que conllevan al menos dos falacias. Primero, el cambio de significado puede aislarse en partes de la red semántica y tomarlo en consideración o no, según sea necesario para el entendimiento suficiente. Ningún entendimiento es nunca perfecto, tal como no son exactas las medidas físicas. Respecto de la capacidad humana para aprender holísticamente el lenguaje, la ciencia cognitiva ha demostrado que las capacidades humanas trascienden las posibilidades de explicación y la conciencia que podamos tener de estas capacidades.
La discusión acerca de la adquisición del lenguaje que postulan Hesse y Arbib, implica el rechazo de la visión literalista del lenguaje como sistema estático ideal con significados fijos que dependen de reglas sintácticas y semánticas fijas. Persisten en el rechazo fundamentalmente porque para esta distinción el significado metafórico carece de valor de verdad y por lo tanto de valor cognitivo.
Algunos representantes de la visión literalista del lenguaje distinguen el “significado literal” de una oración de su “significado de pronunciación”. El significado de pronunciación depende de las intenciones del hablante en determinadas circunstancias. Los usos metafóricos de palabras son parte del significado de pronunciación. Este significado debe ser entendido por el contexto y expresado mediante glosa literaria o paráfrasis y sólo de estas últimas puede decirse que poseen valor de verdad.
Ante estas distinciones, los autores afirman que esta visión literalista del lenguaje y el conocimiento no le asigna valor cognitivo a las metáforas porque esta actitud cuestionaría las bases de la lógica aplicada, las de la semántica y, en consecuencia, las bases del conocimiento (2).
Como es sabido, el realismo científico sostiene que existe una realidad objetiva y que la ciencia puede describir y explicar los hechos de esa realidad aplicando el método científico. Los positivistas sólo admiten como científicamente válido el conocimiento que provenga del dato verificable, la única realidad científica es el “hecho” que puede ser capturado mediante un lenguaje que asigna a cada palabra el sentido que define su significado exacto. Rebasaría las posibilidades de este trabajo extendernos con más detalle, no obstante nos parece indispensable sintetizar sus ideas resaltando lo que los autores destacan como el ideal del siglo XVII respecto del programa para el lenguaje y la ciencia, ideal que sin lugar a dudas se ha mantenido bajo el modo de la teoría de la correspondencia de la verdad.
Puntualizan que este mito del siglo XVII se ha unido con la ilusión de una lógica universal hasta el siglo XIX y han desviado la atención de los hechos concretos de ambigüedad y cambio en el lenguaje hacia el análisis formal del lenguaje en términos de significados precisos y estables. En este análisis formal los usos metafóricos de las palabras son, de alguna manera, impropios o desviantes. Analizar seriamente la metáfora involucra significados cambiantes pero para una teoría literalista, sin embargo, no se puede dar lugar para entender la metáfora como implicando desplazamientos de significado de modo continuo porque los significados literales son o constantes – es decir unívocos – o equívocos. La equivocidad destruye la lógica deductiva.
Frente a esta visión, los autores, sostienen que el pensamiento humano no puede representarse mediante un sistema deductivo y proponen una teoría no literalista del significado y la metáfora compatibles con una explicación del lenguaje como enraizado en esquemas (3).
Específicamente proponen la tesis de que “todo lenguaje es metafórico”. (ibid, 201)

Todo lenguaje es metafórico

Comienzan explicitando que el diccionario define una metáfora como “la figura de dicción en que un nombre o término descriptivo se transfiere a algún objeto diferente pero análogo al cual es correctamente aplicable”.
Pero, inmediatamente, precisan la noción “correctamente” y nos alertan acerca de lo que subyace a las calificaciones de “correcto” o “incorrecto” en el uso de los términos, y a la base de casi toda la discusión sobre la metáfora. Así señalan la presencia de la problemática aristotélica de los universales. Los universales son los correlatos en la realidad del uso “correcto” de los términos y es a ese nivel que debe analizarse la metáfora.
Ahora bien, si los autores no consideran que deba definirse a la metáfora como desviación, tal lo habíamos indicado anteriormente, es coherente que tampoco acepten sin más la idea del uso correcto o incorrecto de las palabras o los términos. Es así como proponen una alternativa a la teoría aristotélica analizando la explicación de Wittgenstein de las “semejanzas de familia”. Wittgenstein, 1958, 66)
Según esta mirada los objetos que comparten esta condición de parecido son de modo tal que pueden agruparse en una clase a cuyos miembros se les atribuye un predicado “P”, sin suponer por ello que exista una condición “P” universal realizada por cada objeto. Los objetos de la clase se parecen entre sí en algunos aspectos relevantes a “P” de modo que, para un objeto particular, se pueda determinar con relativa claridad si pertenece o no pertenece a la clase.
Desde esta perspectiva de análisis, los autores afirman que cuando los predicados son usados metafóricamente se pone en funcionamiento el mismo proceso de cambio de significado. De este modo queda claro que:
…las extensiones de significado que se producen por medio de semejanzas y diferencias en la metáfora son sólo los ejemplos más notables de algo que sucede todo el tiempo en la red semántica cambiante y holística que constituye el lenguaje.
(Arbib y Hesse, 1998, 202)
Siguiendo este argumento añaden que los términos generales son necesarios pues es imposible nombrar cada cosa particular, pero al usarlos se pierde algo de información acerca del mundo. De todos modos en su uso práctico, el lenguaje capta los significados aproximados de manera que los grados de semejanza y diferencia sean suficientemente accesibles a la percepción como para evitar que se confundan.
Reafirman su tesis de que “todo lenguaje es metafórico” (ibid, 203) añadiendo que la idea de “semejanzas de familia” nos permite entender que los desplazamientos metafóricos del significado que dependen de semejanzas y diferencias entre objetos son abundantes en el lenguaje, no desviantes, y algunos de los mecanismos de metáfora son esenciales para el significado de cualquier lenguaje descriptivo.
Respecto de la distinción entre lo literal y lo metafórico sostienen que la diferencia es pragmática no semántica. Esta distinción supone que no afecta al significado de las palabras sino a la relación entre el lenguaje y sus usuarios que modifican el uso y amplían el significado de los términos. Añaden al respecto que lo literal recoge el uso lexical o primero en la entrada del diccionario y es seguido por metáforas muertas, este mismo método de definición de palabras conlleva el problema de que las metáforas nuevas o interesantes son omitidas.
En la gramática clásica se usa aún más estrechamente el término “metáfora” ya que reconocen sólo a las recién acuñadas y describen como usos literales a las metáforas muertas. Por el contrario, los autores aseguran que puede demostrarse etimológicamente que la mayoría de los términos descriptivos interesantes son metáforas muertas. Este es lo que han planteado desde el análisis de “semejanzas de familia”, una vez que se rechaza la distinción ortodoxa entre “literal” y “metafórico” y se acepta que en nuestro lenguaje abundan las “metáforas muertas”. Revalidando este posicionamiento rechazan el análisis clásico y destacan: “el hecho de que el uso explícito de metáfora y símil está basado en el hecho lingüístico fundamental a todos, a saber, que la referencia siempre depende de las semejanzas y diferencias percibidas”. (ibid, 205)
Avanzan en su tesis y añaden que si suponemos que todo lenguaje es metafórico en sentido fundamental, necesitamos una teoría del uso lingüístico que no dependa de lo literal ni de significados fijos para el lenguaje.
Parten de la teoría de la interacción de la metáfora de Max Black, tal como se modificó con los aportes de las semejanzas de familia propuestas por Wittgenstein. En estos desarrollos el término “significado” será utilizado de una manera amplia que incluya la referencia, el uso y también los “lugares comunes asociados” – según Black – por el uso metafórico. De acuerdo con esta postura, entender el significado de una oración descriptiva implica reconocer su referente y usar correctamente las palabras en la expresión pero además recordar las ideas tanto lingüísticas como empíricas, corporizadas en esquemas mentales y que estén comúnmente consideradas asociadas con el referente en la comunidad de lenguaje dada. Un cambio de significado puede ser el resultado de un cambio en el conjunto de ideas asociadas así como un cambio de referencia o uso, pero para que sea posible el entendimiento intersubjetivo se necesita que la mayoría de las ideas asociadas sean compartidas.
Es posible, que en una primera aproximación, podamos describir el uso desarrollado del lenguaje por medio de una semántica composicional, donde el significado de una expresión compleja es función del significado de las unidades simples que la componen y del tipo de relación sintáctica que entre ellas se establece. Pero, en la adquisición del lenguaje, y al describir el cambio en el lenguaje, procederemos en sentido inverso, sólo podemos atribuir significado a los nuevos usos de palabras si podemos captar el sentido de las oraciones completas en que se las utiliza y contamos además con suficiente información de las partes como para asignarles ese nuevo significado. Ahora bien, volviendo al uso de la metáfora, ésta debe ser captada intersubjetivamente, en tal sentido, su uso debe ser restringido mediante esquemas internalizados de maneras que no pueden ser captadas en la semántica composicional.
De este modo, Arbib y Hesse estiman que esta teoría del lenguaje como metáfora afecta nuestra teoría de la verdad, específica y primordialmente la verdad de las teorías científicas.

Metáfora y Modelo Científico

Como ya se señalara anteriormente, nuestros autores insisten en que si sostenemos la teoría correspondentista de la verdad que asigna valores de verdad a las proposiciones que describen hechos, entonces las expresiones metafóricas no tendrán ningún valor de verdad y como consecuencia no permitirán las inferencias deductivas. Ahora, si planteamos que las metáforas nos dan posibilidad de abordar la realidad vinculando conceptos más abstractos y científicos con la vida cotidiana, advierten que necesariamente tenemos que buscar un nuevo concepto de verdad que se adecue a nuestra visión de significado y lenguaje.
Desde esta visión, sostienen que la verdad de una afirmación significa que hemos percibido semejanzas suficientemente estables entre los individuos agrupados en cada término como para formar con ellos una clase de semejanza de familia y que además hemos observado asociaciones regulares entre los individuos de la clase que intervienen en la expresión de modo que podemos afirmar que esa regularidad expresa nuestra experiencia y es frecuentemente útil.
Los científicos desarrollan análisis más sofisticados de la observación para poder especificar las clases de la manera más adecuada a sus fines pero en todos los casos, en la medida en que se va aprendiendo más sobre las propiedades y relaciones de los objetos, las clasificaciones se reorganizan y en algunos casos cambian radicalmente.
En tal sentido aseveran, si analizamos las actividades de los científicos respecto de las discusiones acerca de la carga teórica que guía la observación y acerca del uso de los modelos científicos notaremos que el uso del lenguaje al interior de las teorías científicas, responde al modelo metafórico. Luego los datos provenientes de la observación o enunciados en el lenguaje de una teoría familiar son redescritos en términos de un modelo teórico que permite asociar las situaciones para que podamos interpretarlas de una manera novedosa.
Esta visión metafórica no significa que debamos abandonar la lógica y la deducción, ya que si bien en principio pueden ser visiones inesperadas, una vez que prueban su utilidad son extendidas y desarrolladas por lógica y por analogía. Deben estar entrelazadas mediante interrelaciones lógicas y causales.
Los modelos científicos tratan de satisfacer el criterio pragmatista de la verdad y si bien pueden producirse cambios revolucionarios que provoquen saltos metafóricos, cambios y creaciones de significado, en la ciencia normal se estabilizarán para lograr cierta consistencia e inclusive tomarán la forma de argumentos deductivos.

Conclusiones

De acuerdo con la concepción que sostienen los autores los modelos científicos podrían ser considerados como una gran metáfora sostenida y sistemática que estaría expresada mediante una red de proposiciones también metafóricas.
Dado que tanto los modelos como las metáforas así concebidas tratan de lograr unidad en la multiplicidad e identidad sin anular las diferencias, resultan medios adecuados para cambiar nuestra percepción del mundo y para que nos abramos al enriquecimiento de nuestra imagen de éste. De este modo aún considerando que tanto los modelos como las metáforas son ficciones, no son eludibles, se hacen necesarios para que la realidad nos revele sus secretos, ya que las invenciones nos permiten descubrir rasgos peculiares de la realidad misma.

Bibliografía
Arbib, M. y Hesse, M., 1998, “La construcción de la realidad”, Buenos Aires, Almagesto
Black, M., 1966, “Modelos y Metáforas”, Madrid, Tecnos.
Hesse, M., [1974], “Filosofía de la Ciencia: Teoría y Observación”, Olive L. y Pérez Ransanz (comp), 1989, México, Siglo XXI.
Ricoeur, P., 2001, “La metáfora viva”, Madrid, Trotta.
Wittgenstein, L., 1988, “Investigaciones Filosóficas”, México, UNAM.

NOTAS
(1) Un esquema es una unidad de representación del mundo de una persona. La red semántica que nos propone Hesse conecta todos los enunciados de la red mediante un conjunto de nodos que funcionan como conjunciones semánticas entre los predicados. Todos los enunciados de la red están relacionados por alguna ruta de nodos semánticos. El significado de cualquier aseveración científica depende de una red completa de elementos significativos y no de conceptos aislados. El conocimiento científico es un sistema de objetos conceptuales que forman una red de relaciones, esta red de relaciones es la que da sentido a un concepto y la cohesión de la red de relaciones es lo que permite la continuidad de un sistema de conocimiento dado. En la red los enunciados observacionales y teóricos dependen mutuamente.
(2) La lógica que subyace al conocimiento científico acepta sólo enunciados de los que pueda establecerse con seguridad el valor de verdad, verdadero o falso, y descarta el resto. Sólo evalúa aquellos razonamientos que mantienen invariantes los significados de los términos a lo largo de toda la inferencia. La relación semántica sostiene que la verdad o falsedad de un enunciado sintético se determinará por contrastación con el mundo. La ciencia encuentra su norte al poder determinar con seguridad si es o no el caso.
(3) Reiteramos que estos esquemas conceptuales pueden pensarse como un mapa construido con nuestra cultura en los que se incluye todo lo que pertenece al contexto. Están relacionados con el lenguaje y el mundo pues el mundo es comprendido y percibido mediante esos esquemas y el lenguaje los expresa.

* Presentado en las Jornadas de Historia de la Ciencia. Córdoba 2016

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