Carl Jung

Para analizar el caso Schreber Jung se vio obligado a ampliar la concepción freudiana de la libido.  El fragmento que presentamos a continuación responde tanto a la referencia de la página 86 , como a otras que se encuentran en el escrito “De una Cuestión”
iconolibro

En su libro, Jung investiga los mitos en la naturaleza de la psique. A partir de ellos intenta comprender e interpretar las fantasías y visiones de una mujer norteamericana, Miss Miller, a quien sólo conoció a través de la lectura del material que lo impresionó por su impronta mitológica.

En la lectura de “Símbolos de transformación” se pueden ir perfilando, además, los motivos que llevaron a la ruptura entre Freud y Jung. En la introducción a la cuarta edición sostiene: lejos de mí la idea de pretender disminuir de alguna manera los extraordinarios méritos de Freud en la exploración de la psique individual; mas el marco conceptual en que Freud tenía el fenómeno psíquico, parecíame de una estrechez inaceptable.

JUNG “Símbolos de transformación”[1]

Por lo tanto, el herirse con el propio dardo significa en primer lugar un estado de introversión: la libido se hunde en su “propia profundidad” (conocida metáfora de Nietzsche), encontrando allí, en la oscuridad de lo inconsciente, un sucedáneo del mundo de la superficie que abandonó: el mundo de los recuerdos…

(…)

En cambio, si un producto tal como el himno se produjera sin acto de represión, es decir, inconsciente y espontáneamente, nos encontraríamos entre un proceso de transformación perfectamente natural y automático. En tal caso, por ejemplo, la divinidad creadora que surge de la Imago paterna ya no sería producto de la represión, o sucedáneo, sino de un fenómeno inevitable.

(…)

En ella (se refiere a la naturaleza) sólo vemos un instinto vital continuo, una voluntad de existencia que mediante la conservación del individuo quiere asegurar la reproducción de toda la especie. Esta concepción coincide con el concepto de voluntad de Schopenhauer, pues el movimiento que vemos desde afuera no lo podemos captar interiormente sino que quien, anhelo o aspiración. Esta introducción de representaciones psicológicas en el objeto es lo que filosóficamente se denomina “introyección” [2]. Mediante la introyección se subjetiviza esencialmente la imagen del mundo. También el concepto de energía debe su existencia a la introyección, como ya lo formulo claramente Galileo, su origen debe buscarse en la percepción subjetiva de la propia fuerza muscular. Y el concepto de la libido como cupiditas o appetitus, no es más que una interpretación del proceso psíquico energético que vivenciamos en forma de apetito [3].

(…)

Volvamos a nuestra hipótesis de que lo que da lugar a la formación de símbolos de luz, fuego, sol, etc., no es el instinto sexual, sino una energía en sí indiferente. De tal modo, como en la esquizofrenia falta la función de realidad [4], en modo alguno se produce un incremento de la sexualidad sino un mundo de fantasía que ostenta claramente rasgos arcaicos …

El hecho de que en la esquizofrenia una fantasía arcaica ocupe subrepticiamente el sitio de la realidad, nada dista en punto a la naturaleza de la función de realidad, sino que se limita a hacer patente el hecho biológico, conocido también en otros sectores, de que al hundirse un sistema reciente puede aparecer en su lugar otro más primitivo y por ende más arcaico; (…) una pérdida de las últimas adquisiciones de la función de realidad (o adaptación anterior) se suple; en caso de que sea suplida, con un modo de adaptación anterior, a saber, por una reanimación regresiva de la imagen de los padres.

… en la esquizofrenia, en cambio, la realidad se ha perdido efectivamente.

(…)

Toda fuerza y en general todo fenómeno es cierta forma de energía. La forma es la imagen y nodo de manifestación.

Puede afirmarse, por una parte, que la energía crea su propia imagen y, por otra, que el carácter del mundo obliga a la energía a adoptar una forma determinada.

…  mi opinión de que en general la energía psíquica, la libido, crea la imagen de dios (…) Y que de esta suerte el hombre tributa honores divinos a la fuerza anímica que actuó en él.


[1] Jung, C. Simbolos de transformación, edit Paidos, 1963, Barcelona.[2] Ferenczi por el contrario, llama “introyección” a la observación del mundo externo en el mundo interno. Cfr. Ferenczi, “introjektion und uebertragung”, Jabrb. F. Psychoan. Und psycopath. Forsch, Vol I, p. 422
[3] Página 150iconolibro

[4] Página 87 iconolibro

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