Joseph Eisler

Lacan le critica a Ida Macalpine que sustituya el Edipo por un fantasma de procreación  y que lo ligue, además a la estructura de la hipocondría. Él, por su parte, recurre a un historial en el que el fantasma de embarazo no se corresponde ni a un hipocondríaco, ni a un histérico. El caso denominado “El maquinista” fue publicado por el  psicoanalista húngaro Michael Josef Eisler, en el International Journal of Psycho-Analysis, en 1921 (3/4, 255, Press, London – Vienna – New York).

El artículo original lleva por título: “A man’s unconscious phantasy of pregnancy in the guise of traumcatic hysteria. A clinical contribution to anal erotismo” (“Fantasía inconsciente de embarazo en un hombre con la apariencia de una histeria traumática. Una contribución clínica al erotismo anal”)

La referencia corresponde a la página 107
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Sous le tableau d’une hystérie traumatique un fantasme de grossesse chez un homme. Contribution clinique à l’érotisme anal. Par Michaël Joseph EISLER (Budapest) [1]

En 1908, en “Carácter y erotismo anal”, Freud subrayó el significado (Bedeutung) de las mociones pulsionales reagrupadas bajo el nombre de erotismo anal para el desarrollo del yo.

Desde entonces este tema ha sido tratado y profundizado muchas veces por numerosos autores, y su importancia fundamental ha sido demostrada. Este trabajo no podía hacerse sin suscitar resistencias múltiples, que venían no sólo de personas exteriores al análisis, sino también del lado de sus adeptos. Esto se debe que la formación psíquica de la que se trata, está sometida a los más diversos procesos de transformación. Por razones semejantes, cada vez que esta formación se presenta, coloca al tratamiento psicoanalítico en uno de los problemas más difíciles de resolver.

No parece inútil subrayar los resultados de estos estudios, dado que están íntimamente ligados al progreso del psicoanálisis de los diez últimos años. Aunque sea rica y diversificada, la literatura especializada publicada hasta hoy es insuficiente en un punto, a saber, la presentación detallada de las condiciones del erotismo anal tales como ellas han sido elucidadas hasta ahora en el marco de casos clínicos correspondientes. Sólo Freud continuó, y esto de modo ejemplar, trabajando en este sentido. Pienso particularmente en los capítulos de “Observaciones sobre un caso de neurosis obsesiva” y “De la historia de una neurosis infantil [2].

La presentación de ambos casos nos hace ver los laboriosos caminos por donde evolucionó el análisis. Es como si asistiéramos a la emergencia de nuevos descubrimientos y resistencias contra las cuales se desarrollaron.

Es este el método que vamos a seguir para hacer la presentación clínica de nuestro caso, que revela ser una neurosis grave construida sobre la fijación del componente pulsional erótico-anal. No es necesario añadir que el material examinado, reunido en el curso de cerca de siete meses, es por cierto incompleto, y que, desde el punto de vista teórico también, numerosos hechos quedan oscuros. Sin embargo, el tratamiento progresó hasta el punto de restablecimiento del enfermo, con sucesivos descubrimientos utilizados en el resultado de su cura. Teniendo en cuenta la singularidad del caso, seguiré en mi descripción el mismo curso del análisis. Es evidente que pude descubrir la estructura de la neurosis sólo al fin del tratamiento, pero en interés de la claridad, y no estrictamente en la cronología, animaré el relato introduciendo allí elementos de la síntesis posterior. A mi parecer, esto se aplica a toda descripción que aspira a la transparencia.

 J.V. 31 años, empleado de tranvías, da las indicaciones siguientes al principio de su enfermedad:

 Hace dos años y medio se cae de un escalón de su tranvía que andaba a plena velocidad. Cayó en un pilar, lo que le valió contusiones en la cabeza, en el antebrazo y en un costado. Todas las heridas se situaban del lado izquierdo. Perdió conocimiento y fue transportado del lugar del accidente al servicio de cirugía del hospital.

Se reveló en seguida – entre tanto había recobrado el conocimiento – que sólo estaba ligeramente herido: aparte de la herida de la cabeza, que debió ser cerrada con puntos, presentaba sólo rasguños al nivel del antebrazo y del costado.

En aquel momento nadie pensaba en la eventualidad de una lesión interna. Durante la estadía en el hospital de J.V., el médico tratante también hizo radiografiar las zonas heridas. El resultado fue negativo. Después de tres semanas en el hospital salió curado. Volvió a su trabajo y estuvo bien durante cierto tiempo.

Algunas semanas más tarde comenzó a sentir dolores debajo de la primera costilla del lado herido. Estos dolores se manifestaron primero sólo raramente, para volverse cada vez más frecuentes, hasta tomar el carácter de crisis verdaderas. Éstas se producían a intervalos cortos de cerca de dos semanas, duraban de las catorce horas hasta las dieciséis, luego desaparecían.

Durante la crisis sentía un dolor punzante en el lado izquierdo, “como si un objeto duro quisiera salir de allí”. Salía de la crisis agotado y necesitaba reposar.

Entre las crisis nada particular sucedía, sólo sentía un pinzamiento ligero en el costado, a la menor emoción.

Gradualmente, el dolor se volvió cada vez más persistente, intolerable. Se sentía a menudo obligado a abandonar su trabajo para ir a consultar, de hospital en hospital, sin que los médicos le dieran respuesta. 

Al cabo de dos años de su enfermedad, cuando perdió conocimiento y cuando estados semejantes se repitieron en el curso de crisis graves, se lo envía a un servicio de neurología. Visto los resultados negativos a los cuales llegaron, tanto los cirujanos como los internistas, se diagnosticó una histeria traumática. Es por esto que el caso fue propuesto a tratamiento psicoanalítico.

Hasta antes de que el paciente me hubiera hecho el relato detallado de su historia, la cura se anunció bajo los auspicios de una transferencia violenta que me llamó totalmente la atención y que sólo se explicó más tarde por el hecho que había sido tratado previamente, durante mucho tiempo, por otros médicos.

Debo reconocer que el comportamiento del paciente me parecía en ese momento tan insólito, que se me presentó la idea de un diagnóstico falso. Desde el principio del análisis, cometió dos actos extraños: si uno, en última instancia podía explicarse, el otro parecía, a primera vista, completamente insensato.

La primera sesión apenas había comenzado cuando se levantó precipitadamente y dijo haber sentido exactamente como si el diván se hubiera echado a rodar con él. Se trataba allí visiblemente de una tentativa de escapar de una situación que le era inhabitual y a la proximidad del médico. Cuando llegué por fin a convencerlo que se recueste de nuevo, fue incapaz de producir ideas (Einfalle) ordenadas.

Al fin de la sesión, después de haberse despedido, se paró delante de mí, mirándome fijo un cierto tiempo, el cuello tenso y los ojos abiertos desmesuradamente. Me impresionó como un demente. Mucho tiempo después, encontré la explicación de este “acto sintomático”, que iré señalando en la descripción.

Algunos días más tarde efectuó otra vez un acto que era sin duda sintomático, que permitió entrever el primer tramo de su vida psíquica inconsciente: se levantó del diván, hizo una media vuelta torpe y cayó de vientre (sobre el diván) con las piernas colgando.

La misma actitud también se expresaba en los sueños de este período introductorio. Una vez soñó con un león que le mordía el hombro izquierdo, otra vez peleaba con su hermano pequeño que quería matarlo de un disparo de fusil. En el curso del tercer sueño se vio tratando de subir al tren de la ” línea real ” (Hofzug)[3], pero fue cercado por soldados que lo amenazaron con un castigo atroz. En el último soñó con una escena que recordaba su servicio militar donde un superior le daba jugando un codazo.

El aspecto más importante de estos sueños que se encadenan unos a otros como un programa y que descubren en sus representaciones la homosexualidad pasiva del soñador, es el desmontaje sucesivo de los fantasmas inconscientes que estructuran el terreno del que surgieron. La defensa, que se sirve primero de una forma de expresión tan violenta – podríamos decir: arcaica – mítica – acaba por transformarse en broma. La producción de material mnésico efectivo a partir de estos sueños estuvo muy limitada sin embargo. Así como lo había hecho con su acto sintomático, el paciente todavía aparecía aquí reconociendo y escondiendo todo al mismo tiempo.

Es difícil hablar de resistencia o de incomprensión en cuanto al desarrollo de la cura, porque ya había acomodado las reglas conductoras del análisis al conjunto de sus manifestaciones inconscientes. No puedo considerar su comportamiento sólo como una forma particular de reserva, profundizaré más adelante.

El paso hacia una transferencia más atenuada y al mismo tiempo más racional se efectuó a través de una serie de sueños que, según su contenido, pertenecen al tipo conocido de los “sueños de vuelo”.

Volaba sólo en el espacio o en la sala delante de espectadores, lo que provocaba, gracias a una regresión de los sentimientos, un placer narcisista de su propio cuerpo [4]. Como los precedentes, estos sueños, aportaron sólo poco material mnésico. No tenían ningún lazo con la realidad que rodeaba al paciente, siendo sólo expresión de una tensión interior momentánea. Ni este tipo de sueño, ni el precedente, reaparecieron en el curso de los largos meses del tratamiento analítico, lo que me hace considerarlos como su manera particular de restablecer su equilibrio o de adaptarse a la cura.

Después de estos paréntesis variados, consigo por fin traerlo a una explicación detallada de las circunstancias que habían provocado la enfermedad. No obstante, hay que hacer preceder a esta explicación la caracterología del paciente tal como se había presentado hasta allí. Es a partir de estos dos elementos que el programa verdadero de trabajo del análisis se elaboró.

El paciente da la impresión de ser un hombre que tiene confianza en sí mismo, que sabe lo que quiere y que se ocupa con cuidado de consolidar su situación. Cambiando muchas veces de oficio (hecho que retomaré detalladamente más adelante), progresivamente supo mejorar sus condiciones de existencia, y se comprometió activamente con la causa de su clase social, supo al mismo tiempo acercarse a sus propios intereses. Hoy, es el líder de su grupo de trabajo en cuanto a las cuestiones sociales y políticas, y sus palabras tienen peso. Al mismo tiempo, se muestra muy moderado en sus opiniones con las que sabe convencer a sus compañeros.

De esta manera supo sublimar y compensar una gran parte de su libido homosexual. Igualmente allí se encuentra arraigada su gran confianza en su propio valor. Aparentemente, tiene dones oratorios; tiende a expresarse en giros enrevesados empleando un vocabulario crudo, lo que a menudo produce un efecto divertido. Su modo de pensar es sin embargo razonable en ciertos aspectos y hace suponer que reflexiona maduramente antes de actuar. Las personas de su clase verdaderamente no tienen este estilo; les falta la facultad para analizar el mismo acto de pensar: es gente que piensa actuando.

Por otro lado, el paciente manifiesta una sed insaciable de cultura [5] que, en ausencia de líneas directivas racionales, se desarrolló de manera autodidacta, lo que tiene por resultado una originalidad un poco deforme. Así, por ejemplo, se constituyó una

“biblioteca manuscrita” redactando copias de todo lo que le interesaba desde hace años y conservándolos. De vez en cuando, vuelve a copiar estos escritos – poemas, artículos de periódicos de contenidos diversos – en nuevos cuadernos, como si quisiera pasarlos en limpio [6].

La da mucho placer decir de memoria pasajes de textos que le gustan, y aunque le falta la comprensión de obras líricas, siente afección por piezas sentimentales por el sólo hecho que riman. También tiene un tipo de diario íntimo en el cual inscribe datos de interés general, toda irrupción de talento que a él le falta. Además de su actividad de copista, le gusta realizar cuadros de gastos y de cálculos presupuestarios.

Todo lo relacionado con su actividad de escritura tiene el orden más riguroso. Tiene la intención de impresionar por este hecho a su entorno modesto. El erotismo anal sublimado [7] que se transparenta aquí, se traiciona por otro lado, en un gran interés por los mecanismos materiales de la vida así como en la necesidad de reconocimiento constante.

Se interesa sin embargo muy particularmente en los problemas biológicos, y sobre todo la genética. Adquirió un cierto saber sobre la cuestión leyendo textos de difusión o frecuentando ocasionalmente, de manera ilícita, pero con la ayuda del personal de servicio, institutos científicos. Este interés se despertó durante sus años de la infancia en la granja y puede ser visto en todas las etapas de su desarrollo y deberse a la impulsión epistemofílica infantil. La cría de los animales domésticos, y sobre todo del ave de corral, lo atraía muy particularmente. Cuenta que se había ocupado, en aquella época, de las  condiciones de la couvade, pasión a la cual sacrificaba cantidades de huevos de gallina y de aves.

Posteriormente, cada vez que cambió de oficio, soñó seriamente con instalarse en el campo y con hacer la cría de aves a gran escala. Este deseo parece ser tan fuerte en él que lo realizará ciertamente algún día. Mientras tanto se contenta con criar varias aves cantoras que entrena y hasta alimenta él mismo. En un bosque próximo de la ciudad se entrega a sus otros “dadaísmos” ornitológicos. En el momento de su análisis, iba durante varias semanas al hábitat de un pico-verde y observaba con un placer visible cómo éste hacía para sacar su alimento del árbol, dando pequeños picoteos.

Todas las particularidades descritas aquí y que serán completadas por otras, pueden estar consideradas como representaciones discretas a flor de consciencia, de los complejos que se puede suponer en él, si no patógenas, por lo menos muy acentuados.

Paralelamente a estas primeras informaciones conocí su historia familiar, de la cuál relataré aquí sólo lo esencial.

Es el hijo mayor de una pareja de campesinos que todavía viven en la granja donde el creció. De los catorce niños nacidos de este matrimonio, ocho todavía viven. La más joven, una niña de siete años de edad, está relacionada con la neurosis del paciente, así como la mayor, de veinticuatro años, a la que juzga en su modo de vida muy severamente y esto sin motivo válido. Resulta que esta hermana había nacido en el momento en el que el paciente se interesaba vivamente por la sexualidad. Observaba celosamente su llegada en el mundo esperada con amor; un recuerdo encubridor pone de manifiesto su deseo de muerte frente a esta hermana. Hasta más tarde, su actitud no cambió y por identificación inconsciente con su padre, encontraba siempre algo para reprocharle. Durante el tratamiento, en ocasión de una visita a sus padres, echó a la calle a su pretendiente. En cuanto a la relación con la hermana más pequeña, no pudo ser elucidada hasta un punto avanzado de la cura.

Los lazos con sus hermanos con los cuales le placía su papel de hijo mayor, no eran particularmente profundos, a excepción de uno de ellos, con el que había pasado la adolescencia. Por el hecho de haberle prestado el dinero para ir a bañarse, se sintió mucho tiempo responsable de su muerte. Tenía dieciséis años en esa época.

Los sentimientos que tiene cuando asiste como conductor a accidentes de circulación, hacen resurgir la memoria de este hermano.

Memorias muy precisas que datan de primeros años de su vida se relacionan con los abuelos que vivían con la familia.

La deferencia que les demostraban los adultos mayores crecía en importancia a los ojos del niño. La abuela a menudo reemplazaba a la madre durante sus numerosos partos y velaba porque todo estuviera en perfecto orden. Dice haber heredado de ella este rasgo de carácter.

Según lo que se le contó comenzó a caminar o “más bien a arrastrarse”, a la edad de nueve meses (era precoz). Es en aquel momento cuando su abuela le pisó el pulgar sin darse cuenta, y a partir de allí, habría dejado de chupar su pulgar. Pretende también haber oído las primeras amenazas de castración de la boca de esta abuela. Un recuerdo particular  remite a su boca desdentada y al hecho de que cuidadosamente había reunido sus dientes caídos en una pequeña bolsa de lino que conservaba bajo su colchón.

Tendremos la oportunidad de volver sobre ello, pero ya podemos ver el aspecto  sorprendente del paciente: le faltaba la totalidad de sus incisivos superiores.

Los recuerdos que evocan al abuelo son menos notables, aunque las primeras manifestaciones específicas de transferencia (contrariamente a las no personalizadas, descritas al principio) se remitan a él, quien fue ciertamente el primer objeto de amor narcisista del paciente. Lleno de fuerza y de energía, hasta una edad avanzada, dirigía la granja como le parecía. Hasta el padre vivía a la sombra de su imagen, lo que permitió posteriormente una relación de compañerismo casi sin conflictos, entre el hijo y el padre. En efecto, la relación del paciente a su padre siempre fue la que había podido observar entre este último y el abuelo.

Un recuerdo de infancia evoca al abuelo que salva a su nieto entonces de seis años de edad, del ataque de un toro rabioso. En otro recuerdo de infancia, el abuelo aparece como un fabricante de queso seguro de sí; siempre habría reconocido por el olor si un queso había sido fabricado por él mismo o su mujer, lo que ocasionaba varias bromas en la  mesa.

Tanto el abuelo como el padre se distinguían por un sentido pronunciado de justicia. El paciente consideraba desde hace tiempo este rasgo del carácter como un signo de virilidad firmemente establecida, y digno de ser tomado como ejemplo. Veremos que esta convicción permite suponer motivos todavía más profundos.

Teniendo dificultades financieras, los padres se vieron obligados a introducirlo como aprendiz en una panadería a la edad de catorce años. Al término de su aprendizaje se fue a la gran ciudad y trabajó durante varios años para diferentes empleadores. Una oportunidad le permitió cambiar de oficio: se hizo ayudante de laboratorio en una farmacia.

Es claro que sintió un placer evidente de ejercer estos dos oficios: cuando era amasar, tenía mucho placer de amasar la pasta de pan blanco y puro; en la misma época, aprendió a cocinar. En el laboratorio trabajaba preferentemente entre los líquidos aromáticos y olorosos. Dejó este puesto como consecuencia de una decepción sentimental y entró en la compañía de tranvías.

Al principio, trabajando como conductor, vivió varios accidentes, entre los cuales uno lo afectó profundamente: una tarde, en la penumbra, había atropellado a un hombre que literalmente fue escindido en dos. Más tarde obtuvo un puesto de inspector.

Tenía apenas veinticuatro años cuando se casó con una joven a quien había hecho la corte antes y de quien se había alejado durante cierto tiempo como consecuencia de una pelea. El hogar se quedó sin hijo por años aunque el paciente hubiera deseado uno, desde el primer día.

El conocimiento de todos estos hechos nos permitió comprender mejor la neurosis y sobre todo el momento de aparición. Ninguna alusión al accidente descrito apareció ni en los sueños, ni en otros datos dados por el paciente hasta entonces. En cambio, poco tiempo después, el acento puesto sobre el acontecimiento traumático se desplazó y, cada vez más claramente, se reveló no ser la caída del vagón de tranvía, para mi gran sorpresa, sino el examen radiológico practicado durante la hospitalización.

Primeramente podíamos sólo asombrarnos de la tenacidad con la cual el paciente continuaba pidiendo nuevas radiografías bajo el pretexto racional que su enfermedad (el dolor del lado izquierdo) debía ser de origen orgánico. Este deseo repetido acaba por llamar la atención y resultó de eso lo siguiente: el examen radiológico emprendido en el momento del accidente por el cirujano había tenido un gran impacto psíquico sobre el paciente. Sólo haber tenido que desvestirse delante del cirujano, y más todavía, de haber sufrido las manipulaciones preparatorias (con el fin de que el paciente no se mueva, le había inmovilizado, entre otras cosas, las extremidades con pequeñas bolsas de arena), lo había  sumergido en un estado de espera ansiosa. En el momento en el que la lámpara se encendió y comenzó a funcionar con una crepitación ruidosa, por un instante, se paralizo por terror. Reconoce que el examen en sí fue un poco decepcionante. En su angustia, ciertamente había esperado que el cirujano proceda luego a una operación cualquiera, por ejemplo hundirle precipitadamente un instrumento en el costado. Pero nada de eso sucedió.

El proceso psíquico en juego continuó desarrollándose de manera independiente en su inconsciente. El incidente en conjunto se hizo un punto de cristalización de un fantasma de deseo libidinal de carácter homosexual pasivo. Esto también hace suponer que el deseo de ser radiografiado de nuevo correspondía no sólo a la moción pulsional inconsciente que describimos, sino también a una tendencia a la descarga. En efecto, por la vía de la repetición, el afecto de disgusto y la tensión que no habían podido ser descargados en ese momento, habrían podido ser disminuidos. Desde luego no podía, al principio, hacerme una idea precisa sobre el grado de acumulación de libido, ni sobre otros factores que determinan este deseo. El análisis avanzó en  este sentido cuando el paciente aportó una descripción global de sus crisis de dolor con numerosos detalles nuevos.

Veinticuatro horas antes de la crisis, se siente invadido por una gran inquietud. Se pone nervioso por cosas que no lo afectan habitualmente. Se vuelve silencioso e irritable, en particular en su casa donde se comporta de modo distante frente a su mujer; a medida que la crisis se acerca, la asistencia y la proximidad de esta última se le vuelven cada vez más insoportables[8]. Su comportamiento recalcitrante pone de manifiesto su enfermedad como un asunto puramente personal. Cuando se lo interroga al pasar sobre su estado de salud, reacciona violentamente y se enoja. El cambio de humor se acompaña de un estreñimiento porfiado que no cede con ningún medicamento.

El dolor del costado se manifiesta al día siguiente de este pródromo regular y se intensifica en algunas horas a punto que el paciente no puede tenerse en pie ni sentarse. Acostado, no sostiene la misma posición más que durante algunos minutos. Tan pronto como los dolores alcanzan su punto culminante se vuelve débil y laxo. Entonces se ve obligado a recostarse sobre el lado izquierdo y a poner un pequeño almohadón para atenuar los dolores. Le sucede que él se adormece en esta posición durante un momento. Las crisis con pérdida del conocimiento son precedidas por un zumbido en la cabeza y una venda negra delante de los ojos. Después de las crisis, siente hormigueos en todos los miembros y queda entumecido durante cierto tiempo; termina por liberarse de su estreñimiento con flatos.

Esta descripción, que está casi palabra por palabra, es la que me hizo el paciente, así como el comportamiento que impresionaba en el momento de las crisis que miró delante de mis ojos, me trajeron a la idea siguiente que ya me había aparecido muchas veces pero qué siempre había apartado por ser insensato: si todo esto era verdad. Las crisis podían ser sólo la imitación de un parto y el estreñimiento la conversión de los síntomas un embarazo alucinado, sumada a la escena de la radiografía [9]. Esta imitación evidentemente se debe comprender por el componente erótico-anal de los mecanismos neuróticos, transformados e irreconocibles en partus per anum.

Un rasgo infantil constante domina el cuadro. Interrogado prudentemente a propósito de eso el paciente cuenta que, a la edad de diez años había oído los gemidos y los gritos de una mujer en el trabajo de parto. Se trataba de la vecina de la familia que no pudo dar a luz a su niño durante dos días, el médico debió intervenir con fórceps. Tiene un recuerdo preciso de esta mujer acostada sobre la cama con las piernas hacia arriba durante los dolores. Sin hacerse llamar la atención  había observado esta escena muchas veces.

Cree recordar vagamente haber visto el cadáver fragmentado en trozos del niño en un recipiente de madera – gracias a un conjunto de experiencias vividas por el paciente me fue posible más tarde comprender mejor el dolor lumbar – para decirlo así, pasaje mítico del génesis que dice que Eva nació de la costilla de Adam.

Sin embargo, me veo forzado a suspender momentáneamente el hilo de este relato para describir brevemente disturbios intestinales de origen nervioso, de los que el paciente había sufrido algunos años antes y los que fueron analizados en paralelo con la enfermedad reciente. En el curso del primer año de su matrimonio, hace siete años, había contraído en su lugar de trabajo un enfriamiento grave acompañado por fiebre fuerte. Es como consecuencia de la enfermedad y después de un largo período de convalecencia, que se le declara un curioso disturbio intestinal.[10] De regreso a su trabajo tenía que dejar su tranvía precipitadamente en medio de su trayecto, para ir a aliviar una necesidad urgente y dolorosa. Entonces se torturaba en vano, porque le era imposible evacuar. El tratamiento médico tomaba en consideración las numerosas quejas y los síntomas del paciente en toda su variedad, e intentaba más o menos todo lo que se impone cuando una afección intestinal no responde a un diagnóstico claro.

También se procedió a un examen químico del estómago, cuya descripción por el paciente y un sueño que le siguió, me aportaron por fin la explicación del acto sintomático pasajero que había producido al principio del análisis y que había quedado enigmático hasta allí. En el fantasma del paciente, al esófago le atribuía un sentido secundario depravado (objeto de felación).

Su comportamiento extraño, que exactamente correspondía a la actitud que se toma en el momento de un examen de estómago, el cuello tenso hacia adelante, los ojos ansiosamente abiertos aparecía como la disponibilidad inconsciente para una perversión homosexual. Esta actitud femenina con respecto al médico, también representaba, en el devenir del tratamiento, la clave de todos los actos sintomáticos.

Entre los síntomas diversos de la enfermedad, un estreñimiento porfiado se cristalizó poco a poco, y reconocí sin dificultad una formación histérica en el sentido que le otorga Freud. Cuando, al cabo de varios meses, este estreñimiento acaba por amenazar el mismo empleo del paciente, cesó poco a poco. La introducción de supositorios en el ano, bajo prescripción médica, era otro medio eficaz. En esa época, el paciente se encontraba muy satisfecho de este tratamiento.

La vinculación de sus condiciones de vida en ese momento, con esta histeria mono- sintomática, que había cesado espontáneamente, permitirá otras aclaraciones.

Incidentes relacionados a su empleo, en particular el hecho de que había atropellado repetidas veces a transeúntes en la calle (entre los cuales, un chico que afortunadamente fue recogido por el dispositivo de protección [11]  le ensombrecieron y le hicieron contemplar otro cambio de oficio).

Su enfermedad encontró motivaciones importantes en su vida conyugal. Así como ya lo señalé, el matrimonio no había sido consumado sin incidentes; por casualidad, y en el último momento particularmente, se había enterado de la presencia de un hijo ilegítimo. La falta de honestidad de la novia y su falta de confianza en él había apenado profundamente al paciente: le fue menos difícil aceptar la niña misma; a quien además  más tarde acogió en su casa. Sin embargo, se había sentido engañado (ideas de celos con un interés marcado hacia el seductor) y, por este hecho, interrumpió sus relaciones. Varios meses después, había hecho una primera propuesta de conciliación. Sus padres no habían asistido al casamiento, lo que le produjo mucho dolor. El padre se había indispuesto y la madre acababa de dar a luz a su hermana más pequeña. Como tendremos la oportunidad de observarlo, los partos frecuentes de la madre están en relación con sus actividades erótico-anales infantiles. Parecería que aquí todavía, la impulsión inhibida hubiera sido reforzada, en el momento propicio, por el acontecimiento (el nacimiento de la hermana).

Los ingresos modestos de la joven pareja obligaban al paciente a vivir modestamente aunque aspirara parecerse a sus padres y tener un hogar bien equipado. Su espíritu sistemático entonces fue valorizado. Todas las adquisiciones debían hacerse según un plan bien ordenado: primero las instalaciones, luego el resto. Es por eso que pospuso, cueste lo que cueste, su deseo más querido, el de tener un hijo.

Es el momento de analizar este deseo de más cerca: sólo podía explicarse por un enorme  amor propio narcisista, porque en el curso de sus ensueños, pensaba sólo en un hijo varón. El estreñimiento nervioso fue puesto en marcha por los efectos combinados por los diferentes hechos que acabamos de resumir. Éstos aparecerán todavía más claramente y de una manera más determinada en el cuadro de conjunto, y más particularmente su deseo de vida [12] que el paciente había aplazado y cuyas raíces tienen que buscarse en representaciones infantiles libidinales. En resumidas cuentas, este estreñimiento no podía tener otro sentido que el de postergar la llegada del hijo esperado. El equivalente entre hijo y heces que es corriente en el pensamiento [13] inconsciente, también se verificaba en  este caso repetidas veces en los sueños.

Vuelvo al síntoma principal de la neurosis actual del paciente, a saber el dolor lumbar del que vimos que había sido determinado por toda una serie de experiencias vividas. Reservo las consideraciones que conciernen a sus fundamentos que se sitúan al nivel de los fantasmas de deseos erótico-anales hasta el momento cuando abordaré las relaciones infantiles y las disposiciones que favorecen la enfermedad. Puede que estas últimas que habían provocado una fijación intensa hubieran bastado por sí mismas para inclinar la sexualidad lábil del paciente del lado de la neurosis en correlación con la escena observada a los diez años.

Otros incidentes a los cuales reacciona según su disposición, de una manera “traumatophile”, fueron decisivos: un día, su abuelo lo persiguió a causa de una travesura. El niño huyo, pero el anciano le corrió después y acabo por agarrarlo. El paciente se impresiono menos por la castigo que recibió que por las piernas robustas del anciano. La persecución, y el dolor de costado que sintió corriendo, están estrechamente ligados en su recuerdo.

Una escena completamente análoga, pero menos divertida, le sucedió cuando tenía nueve años. Por desgracia, había roto, con una honda, ambos dientes incisivos de una niña. El padre de la niña herida llegó y quiso castigarlo por esta mala acción. Atemorizado, el paciente había huido corriendo. Finalmente, sin aliento y agotado hasta el punto de desvanecerse, fue agarrado y castigado.

A estas dos experiencias amenazantes de un hombre, a los quince años se añadió la tercera, aparentemente insignificante. Pero en él, después de golpe, y justamente por el rodeo de la “radiografía”, tomó un peso extraordinario. En aquella época, tuvo difteria, y el médico de cabecera le salvó la vida por una inyección de suero en el lado izquierdo [14]. Es este acontecimiento real olvidado, que el fantasma de deseo homosexual ulterior permite relacionarlo.

Por consiguiente, sin duda alguna, debido a su gran sensibilidad homosexual [15], el paciente, tratando de controlar el efecto psíquico producido por la radiografía, se encontró extremadamente limitado en su movilidad psíquica.

Esta sucesión de hechos se transforma así la causa directa de la neurosis. Un recuerdo particular del paciente, en el decimoquinto año, viene para confirmar la existencia de una impulsión parcial erótico-anal insistente. Cuenta que tenía dificultad de defecar al aire libre como todo el mundo; con la impulsión exhibicionista inhibida, se reconoce la defensa contra su homosexualidad[16] pasiva. El onanismo ocasional de la pubertad, abandonado más tarde, deja suponer que otras mociones pulsionales eran predominantes durante la infancia y la adolescencia.

Resumamos brevemente los resultados del análisis hasta este punto. Estos resultados llevan a la hipótesis inevitable que la escena de la radiografía fue lo que desequilibró sensiblemente las aspiraciones pulsionales del paciente.

Hasta aquí, el estado de las cosas perfectamente parece elucidado. Nos queda sin embargo dar la respuesta satisfactoria a dos cuestiones que surgen espontáneamente.

Primero, por varios indicios, podemos afirmar que el fantasma de deseo activado por la neurosis no es otro que un embarazo alucinado (histérico) con la representación de un parto, en el momento de la crisis.

Luego, podemos suponer – por el conocimiento que tenemos del carácter del paciente- que las mociones pulsionales en juego surgen del erotismo anal. Son pues las impulsiones que dieron forma a la neurosis y que también, forman el fantasma de deseo. Sólo la investigación de la situación infantil podía aclarar estas dos cuestiones que se enlazan constantemente.

Así como en todos los análisis, este material abundante no pudo ser reunido de golpe sino en diferentes momentos, y a veces a través de interpretaciones diligentes.  

Describimos aquí el trabajo analítico tanto como una elucidación teórica como un avance terapéutico después de una victoria sobre las resistencias.

La infancia del paciente está particularmente marcada por el recuerdo de una escena que representa una experiencia extraordinaria cuyos efectos persistieron en su vida psíquica. Esta escena verdaderamente no se había borrado jamás de su conciencia y surge rápidamente en el curso del tratamiento. Además de su contenido, es notable que este recuerdo hubiera sido conservado en todos sus detalles con una claridad extraordinaria y una gran precisión, aunque el paciente tuvo entonces sólo un poco más de tres años.[17] Habitualmente, en la cura, las experiencias se precisan sólo a fuerza de repetir su relato mientras que esta experiencia del paciente apareció, desde el principio, sin laguna. Este hecho sólo parece indicar la importancia eminente de esta experiencia en el psiquismo de nuestro paciente. La escena fue la siguiente: un día, el padre salió de la casa, el niño jugaba en la cocina cerca de su madre. Ésta estaba sentada cerca de la mesa en la cual todavía se encontraban los restos del desayuno. Daba el pecho a un hermano más pequeño que tenía entonces cerca de nueve meses.

Jugando, el niño observó un pedazo de pan que el padre había dejado y trató de tomarlo agarrándose al borde de la mesa; este gesto había debido molestar a la madre perdida en sus pensamientos. Se enojó y lo retó. Como probablemente el niño continuaba, toma el cuchillo que se encontraba cerca de ella y lo lanzó en su dirección. Sin quererlo, había apuntado justo. La punta del cuchillo atravesó el pequeño gorro de fieltro que llevaba el niño (el sombrero típico de los niños campesinos húngaros) y se clavó en la piel, del lado derecho de la frente.

Gritó mucho y la madre, horrorizada por su gesto involuntario, se le precipitó. Arrancó el cuchillo, lavó la herida, llevó al niño que lloraba al cuarto -se acuerda muy exactamente de eso- y le extendió al pie de la cama (sitio que es reservado para el niño recién nacido).

Mientras que se calmaba despacio, su madre tomó su pequeño gorro agujerado por el cuchillo y lo cosió, todavía se acuerda de la costura con hilo rojo. A pedido de la madre, calló el incidente a su padre que jamás supo sobre eso. El niño continuó llevando todavía mucho tiempo el pequeño gorro zurcido.

Esta experiencia infantil fundamental sirvió a menudo para el curso del análisis y sus efectos se hicieron sentir en varias direcciones. Así, pudimos suponer qué puso término al período breve masturbatorio [18] infantil y que tuvo importancia como experiencia   inaugural de la castración. Supimos anteriormente que la primera amenaza de castración había venido del lado de la abuela a quien también atribuía el hecho de haberlo hecho renunciar a su libido oral. Era pues la segunda vez que la mujer aparecía como aguafiestas. Esto no impide que el efecto psíquico de la escena fuera todavía más profundo y más sostenible en otro dominio. Sin duda alguna, la virilidad narcisista del paciente había sido acelerada precozmente por la herida en la cabeza. No se trata de considerar que la virilidad narcisista sea una disposición innata como, por ejemplo, el erotismo anal, que en  esta ocasión, es más bien la causa de la primera fijación libidinal en el desarrollo del paciente.[19]

Aspectos eróticos diversos del carácter actual del paciente confirman esta hipótesis. Por preocupación de claridad, he aquí una descripción:

El paciente es un hombre enérgico, que sabe lo que quiere. A pesar de ideas progresistas, combate de manera virulenta toda aspiración de las mujeres a la emancipación; para él su sitio está en el hogar. Quita a las mujeres todo sentido de equidad (que le importaba tanto en casa de su padre y su abuelo) y todo don educativo.

Él mismo parece haber fallado sobre este último punto porque todos sus esfuerzos para educar a la hija ilegítima de su mujer, así como su propia hermana menor (cuyo nacimiento había coincidido con su primera enfermedad nerviosa) habían fracasado. Atribuye la pena de su fracaso, no tanto a su impaciencia con respecto a las criaturas femeninas, sino a su inferioridad pretendida.

Ocuparse de una idea o de una enfermedad era, para él, una ocasión bienvenida para distanciarse de su mujer. Tampoco la tenía en cuenta en los proyectos que fomentaba continuamente.

Ya dijimos cuánto de su deseo de tener un heredero varón era de naturaleza narcisista. Otros restos de este narcisismo infantil excesivo se manifestaron en ciertas representaciones paranoides que eran sin embargo sólo efímeras y lábiles. Ya me referí a sus celos. Éstos ni siquiera eran por la  relación amorosa de su mujer antes de él, sino que se alimentaba, en sus fantasmas casi-delirantes, de una infidelidad presumida de su mujer; imaginaba que la castigaba asesinando al nuevo amante.

Estos fantasmas se tienen que considerar como reediciones de fantasmas infantiles cuyos protagonistas eran el padre y la madre. Su comportamiento celoso enfrente de su hermana mayor constituye un eslabón intermediario.

En el mismo contexto se sitúa también el placer que siente en las discusiones (que se repiten en sueños: con sus dones oratorios, aventaja en los debates). Una escena curiosa confirmará este hecho:

Cuando era inspector de tranvía, había observado que un anciano de apariencia distinguida, que viajaba diariamente con él y le daba cada vez una pequeña propina, esperaba de él a cambio, un comportamiento sumiso. Tan pronto como surgió esta idea, rechazó el dinero con un gesto de desprecio para significar que este señor no tenía que exigirle nada. Es interesante hacer notar que de allí, algunos días más tarde, surgió una  conciliación que anticipó un intercambio amistoso. Había contribuido a este cambio y se complació más tarde a hacerse agradable para el anciano.

Podemos por consiguiente, reconocer que el narcisismo del paciente era modulable, lo que nos obliga a suponer por el momento, que otra impulsión dominante había favorecido su desequilibrio.

Muchos de otras vías se abrieron por otra parte para que se exprese su narcisismo excesivo. Por ejemplo, como consecuencia de un sueño importante, produjo fantasmas de salvamento con respecto a personas veneradas. En el sueño, vive en una ciudad en llamas; en medio de la hoguera, salvaba a uno de sus superiores jerárquicos sacándolo él sólo, en sus brazos, de una casa incendiada. Para agradecerle, oía a este último decirle, que se resignaba en lo sucesivo a una vida [20] inútil. Imaginamos fácilmente que otro  paciente, teniendo las mismas disposiciones naturales pero con más inteligencia y una situación más influyente, habría cumplido actos notables.

Estos fantasmas de héroe que, sacados de la realidad, permitían su existencia imaginaria, relacionándose cada vez al primer objeto de amor, el abuelo, que había salvado al niño de un toro rabioso. Esta experiencia se transformó en su contrario, en el espejo del narcisismo. Otra serie de fantasmas tuvieron relación con la negativa del papel de la mujer en el acto de la creación; en esto, procedió como los autores del antiguo testamento. Jamás podía resignarse verdaderamente a la idea que la naturaleza había dejado este asunto importante, la gestación y el parto de una criatura humana, a los cuidados de la mujer. Es claro que estamos allí en la proximidad más grande al principal complejo de su neurosis.

Un paso además sobre la vía de sus fantasmas lleva a la creencia en el autoengendramiento; esto se manifiesta por otra parte de manera alusiva en el discurso del paciente.

No fue posible hacer un resumen más coherente de su narcisismo en la medida en que este análisis nos permite acercar algunas sugerencias aisladas sin lazo entre ellas, pero no nos autoriza a sacar conclusiones claras y definitivas.

Además, la constitución psíquica misma del paciente había impedido que este estadio del desarrollo se instalara definitivamente. En particular, los fantasmas de salvamento y de autoengendramiento generalmente no forman parte de la estructura de una histeria; dependen más bien del dominio de las psicosis.

Este caso, que nos parece tan raro en los sentimientos extraños que revela, podría ser comparado con algunos otros que dependen de la psiquiatría. Encontramos, en ejemplo, en la literatura psicoanalítica la descripción de un caso típico. Se trata de uno determinante para la etiología de la paranoia, del presidente del Senado, Schreber. [21] Encontramos allí estos mismos fantasmas, para nosotros tan elocuentes y tan extraños para nuestra conciencia, que habían provocado la neurosis de nuestro paciente, fantasmas que habían demandado tanto esfuerzo para ser enunciados en el caso de Schreber, para decirlo así, sin inhibición interior y llamados por su nombre la transformación en mujer y la fecundación por rayos divinos.

Querría subrayar con Freud, que el análisis no había participado de ninguna manera en el andamiaje de estos fantasmas que debemos considerar como formaciones psíquicas sui géneris en el caso de Schreber, estos fantasmas formaban parte de la historia de su enfermedad.

La diferencia se debe al mecanismo de las formas patológicas: mientras que la histeria forma sus síntomas excluyendo la conciencia, la paranoia permite, como lo observamos, a las representaciones patológicas penetrar en la conciencia en forma de delirio. En  Schreber, la representación psicótica por una transformación del sexo, había sido despertada por su lazo afectivo intenso a su padre y por el hecho de que no había tenido hijos. Las representaciones inconscientes de ambos casos son más o menos las mismos.

Todavía observemos la gran analogía de los cuadros de la infancia entre ambos casos (en particular el erotismo anal) que no podremos profundizar sin embargo aquí. Esto nos permite, por lo menos, devolver los aspectos excepcionales del caso presente  en sus dimensiones justas, lo que puede sólo aumentar su credibilidad. [22]

El narcisismo del paciente desempeñaba un papel particular en la formación de sus sueños que revelaron una preocupación constante, alrededor de su propia persona y alrededor de ciertos procesos interiores. Sus temores hipocondríacos forman parte de eso. Subrayemos sin embargo que todos estos rasgos narcisistas no aparecen como dominantes, aunque la observación  los pone en evidencia. Veremos más tarde por qué la importancia supuesta de estos rasgos, posteriormente fue desviada.

Voy ahora al factor de predisposición de esta neurosis de capas múltiples, factor que dirigió su constitución: la impulsión parcial erótico-anal cuyo desarrollo ha sido descubierta, etapa por etapa, en el curso del análisis.

Es en la impulsión que la libido, apartada de su objeto, retornó, para formar el conjunto de los síntomas histéricos que conocemos. Muy precozmente, probablemente ya después de la parada brusca de la libido oral (que sin embargo, como veremos, encontrará modo de satisfacerse posteriormente) el erotismo anal se manifiesta bajo la forma de un placer intenso de defecar. Aunque el paciente no tenga recuerdo sobre este punto, podemos ciertamente suponer que esta impulsión procuraba primero satisfacerse por la actividad de defecación; varios elementos confirman esta suposición, entre los cuales la enfermedad intestinal que, aparecida hace siete años, se cura espontáneamente. Las pruebas indirectas se encuentran en los rasgos característicos diversos que ya describí en gran parte.

Agregaré a eso aquí otros dos, y no encontré su descripción en la literatura analítica y pediré que sean incluidas en el bello ensayo de Jones.[23]

El paciente manifiesta una relación particular con el tiempo, difícil de explicar razonablemente. No sólo era muy preciso, puntual y con pocos momentos libres, sino que le gustaba hacer también dos cosas a la vez: leer comiendo o defecando, reflexionar caminando, etc. Este rasgo típico que se podría llamar como recuerdo de César “la facultad de César”, se reduce fácilmente a la tendencia, teñida de goce en el niño, a hacer la grande y la pequeña necesidad al mismo tiempo. En efecto, podíamos encontrar en este paciente, un erotismo uretral considerable, a la par del erotismo anal. Volveré sobre este rasgo cuando analice sus fantasmas de muerte.

Unió esta particularidad de hacer dos cosas a la vez, al empuje impulsivo de “hacer perfectamente” (llevar hasta el final) todo lo que emprendía, lo que le aseguró una actitud viril y el éxito en su vida. Este último rasgo explica también su preferencia por las cosas “perfectas”, es decir intactas, por ejemplo, trajes nuevos. Las personas de este tipo tienen vergüenza de llevar trajes arreglados.

El interés regocijante por el acto de la defecación fue mejor investido, más tarde, en particularidades de carácter más que en el interés dado a los productos evacuados (heces y orina) que se reveló más porfiadamente instalado. Las numerosas reminiscencias afloraban para este sujeto. Las heces se habían hecho un objeto exquisito de contemplación, tratadas con la misma consideración que una parte del cuerpo. Se trata del estadio autoerótico en el desarrollo de esta impulsión parcial; y pocas asociaciones se referían a eso.

Tenemos el sentimiento que después de la herida en la cabeza, el erotismo anal fue considerablemente reforzado; la causa fue, en parte, el desvío del interés por la madre y en parte también, el comienzo de las  exploraciones sexuales.

Todas las representaciones y las experiencias infantiles convergen hacia esta impulsión que atrae como un imán todas las partículas de la actividad psíquica. La exploración sexual se interesó primero por los embarazos y por los partos frecuentes de la madre y creó, teniendo como base la predisposición principal, la representación infantil de la equivalencia de cibalo y de niño.

En la memoria del paciente, esta representación todavía está ligada hoy íntimamente a la idea de la fertilidad de heces [24], y esto bajo una forma que llamaré “el complejo del núcleo- carozo.”[25]

Su ocupación favorita consistía en examinar sus propias heces así como las de los adultos para, eventualmente, descubrir allí, carozos de frutos. Anotaba mentalmente los lugares donde había abandonado heces y se maravillaba, la primavera siguiente, de ver una planta viva salir del carozo de cereza. Se asombraba que este carozo no hubiera perdido nada de sus fuerzas vitales después de haber permanecido en el calor de sus intestinos.[26] Entonces se habituó a tragarse los frutos sin escupir los carozos hasta la edad de dieciséis años, cuando le sucedió una desgracia: un carozo de ciruela le hirió el ano.

El episodio del carozo de cereza no era único; en la granja familiar había un árbol que debía su existencia a un incidente semejante y que el padre llamó, de broma, “el ciruelo malo”. Hace solamente algunos años, recibió todavía una carta de su familia donde se le anunciaba que se debió derribar este árbol extraordinario.

La importancia del “complejo del núcleo- carozo” se encuentra en otras actividades favoritas. Deja, por ejemplo, cuando hace la compota de ciruelas (“powidel”), los carozos en los frutos y se deleita luego con las almendras azucaradas. Colecciona carozos de damascos, los pone a secar, los limpia, los rompe, remoja las almendras para quitar la piel, y las come en invierno con devoción.

Todavía tiene muchas recetas en la cabeza y hace de chef de cocina (erotismo anal e identificación a la madre).[27]

En ocasión de un curioso incidente comprendí cuánto este complejo estaba todavía activo en su vida psíquica actual. Un día que hizo conmigo un tramo de camino (era la temporada de las cerezas) observé, mientras hablábamos de cosas que le interesaban, que se desplazaba constantemente de derecha a izquierda para pisar carozos de cereza tirados al suelo.

Llamé la atención de este gesto simbólico y me contó que esto era, en su casa, una vieja costumbre, jactándose de los pocos carozos de cereza que habían escapado de su atención vigilante, y que esto no impedía que se ocupe al mismo tiempo de otra cosa (Cf. lo que ya tenemos relevado con respecto a la facultad de César). Justificó esta costumbre diciendo que una vez se había resbalado por un carozo y que, desde entonces, procuraba evitar este tipo de accidente.

Esta racionalización recubre los deseos infantiles de muerte con respecto a los hermanos y hermanas [28] que se traicionan en este gesto simbólico: en su inconsciente, los carozos significan siempre los niños. Esta hostilidad se manifiesta abiertamente a la edad de seis años, con el nacimiento de la primera hermana. Nuestro paciente recuerda todavía cuán esperada con impaciencia fue su llegada al mundo. En sus sueños, los niños muertos también son representados por el símbolo de las heces.

“El complejo del flatus” que acompaña las mociones coprofílicas, forma parte de este contexto. Es verdad que no toma aquí la envergadura que Jones le encontró en la de los neuróticos obsesivos, pero está sin embargo completamente presente. Se podría relacionarlo con el abuelo que no tenía ningún problema en este aspecto y que había despertado en el niño la convicción respetuosa de que eso era  el privilegio de todo jefe de familia.

Cada vez que el abuelo soltaba un flatus, protestaba y hacía la  broma: “¡al diablo!”. Utilizaba  la misma expresión a su nieto cuando este lo importunaba. Ciertos detalles del complejo aparecieron más tarde. Cuando iba a la escuela, ahorraba con celo dinero para comprarse una máquina a vapor (juguete).

El  miedo del trueno y del relámpago es el complejo que aparece como defensa. Más tarde, esto se expresa en su interés por la meteorología.

Hablando de sus fantasmas de salvamento (sueño del incendio), había hecho ver que se atribuía a un don de profecía, que se puede ahora fácilmente unir al complejo del flatus. Da como prueba de su don de profecía el hecho de que sentía siempre de antemano la llegada del visitante que viene sin prevenir (niño = excremento = flatus).

El erotismo anal es acompañado con un placer del olfato también importante. Hasta ahora ninguna reacción de sensibilidad olfativa se desarrolló contra esta formación infantil muy pregnante. Los excrementos jamás le dieron asco, pero en cambio, el olor de carroña le quita el apetito. Dos elementos prueban que los fantasmas infantiles de muerte se relacionan con el olfato.

Cuando el azar lo conduce cerca de una casa donde hay un muerto, siente en la calle el olor del cadáver. Un día, a través de un amigo, visitó una morgue y presencio allí el inicio de la disección de un cadáver de mujer. La pared ventral grasienta acababa de ser cortada en el medio. Después de eso, no pudo comer más carne de vaca durante dos años. Ya evitaba comer la del cordero a causa del olor.

Por preocupación de claridad, completaré los ejemplos descritos para una elucidación analítica de sus tendencias sádicas. Éstas eran tan desarrolladas que dos vías fueron pedidas prestadas para atenuarlas. Algunas de estas tendencias se transformaron en masoquismo -el yo escogido como objeto de las mociones sádicas- y se ligaron, como lo vimos repetidas veces, con las formaciones erótico-anales preeminentes, transformándose por este proceso, en pasivas.

Otra parte de estas tendencias, no menos importantes que las precedentes, no sufre este proceso de transformación y se manifestó bajo la forma de una “formación reaccional” a la piedad.

Esta formación reaccional desempeñó un papel en el momento del nacimiento de la primera enfermedad neurótica hace siete años: en esa época, no soportaba ver a personas atropelladas por coches. Por otro lado, la vista de animales moribundos, en particular de su ojo vítreo, o de personas torturadas por el sufrimiento, le eran absolutamente intolerables. (Cf. La memoria del parto en su infancia).

Todos los elementos que reproduje todavía no cercan el conjunto de las aspiraciones erótico-anales de nuestro paciente. Le quedaba un órgano por investir que se prestaba a eso por su disposición: la zona bucal. Los fantasmas que sugerían una fijación oral de la libido sorprendían no sólo por su importancia, sino que  revelaban ser formaciones extremadamente ambiguas, que se insertaban sólo difícilmente en el cuadro global de la neurosis. El fantasma de embarazo servía de guía.

El niño tenía apenas más de cinco años cuando perdió el apetito para platos que tenían un olor fuerte. Esta aversión se desarrolló en un asco verdadero a la cebolla, por ejemplo, y persiste hasta ahora. No puede comer esta verdura bajo ninguna forma, y si, por casualidad, roza un pequeño trozo de la piel fina de la cebolla, reacciona con vómitos violentos y repetidos. Pude comprender esta aversión invencible sólo en el momento en el que me volví atento a la entonación con la cual el paciente pronunciaba la cosa. Hagymacsir, el nombre húngaro de la planta, se traduce literalmente por germen de cebolla. Con toda evidencia, la idea de algo vivo que formaba parte de este concepto había favorecido la formación de esta idea. Fue subtendida en el inconsciente por la representación infantil de la fecundación oral, que se manifiesta constantemente como complemento a las teorías anales del niño.

Es pues en el contexto que hay que escuchar al paciente pretender que su sufrimiento fue ocasionado por algo malo o perjudicial (un pedazo de esmalte de una cacerola) que se habría tragado. También tiene miedo envenenarse. (Un símbolo onírico corriente del embarazo. En uno de sus sueños, un champignon simbolizaba un pene).

Un año después del inicio de la idea a la cebolla, nuestro paciente se descubrió una facultad particular del estómago, que se podría describir como un tipo de rumia. Se tragaba fácilmente botones o bolitas de ágata, como las que los niños utilizan para jugar, para hacerlas subir luego a la boca. Después de una comida, hasta sabía regurgitar uno por uno pedazos de carne que se había tragado enteros, para masticarlos tranquilamente más tarde. Lo mismo, sabía reenviar en chorro, el agua que había bebido.

Estos pasatiempos infantiles esconden por una parte tendencias coprófagas, los botones y las bolitas son unos símbolos de excremento por excelencia – y por otra parte, ponen en evidencia que la zona bucal había sido transformada en una cloaca secundaria por un erotismo [29] anal casi generalizado. Es sólo después de haber elucidado todos estos hechos, que consigo explicarme algo de lo que el paciente me había dicho mucho tiempo antes. Me había contado que, en los primeros meses de su enfermedad reciente, había decidido, sin reflexionar demasiado, hacerse arrancar uno por uno los incisivos superiores de los que no soportaba más el olor de podredumbre que soltaban. En el momento de la extracción, se había desvanecido de dolor.

Sospechaba una vaga relación de causa-efecto entre estos desvanecimientos y las pérdidas del conocimiento repetidas, ocasionadas por los dolores lumbares, pero al comienzo me fue imposible encontrarme en este enredo de quejas, de recuerdos, de significados simbólicos, etc.

Fue nuevamente el fantasma de embarazo que me sirvió de guía. Es conocido que la extracción de dientes a menudo simboliza el parto, en los sueños de mujeres. Aquí se trata de lo mismo; y el parto por fórceps observado en la infancia debía haber contribuido como representación intermediaria.[30] Al principio de su histeria, el paciente debió defenderse contra sus fantasmas patológicos, para decirlo así, por un sacrificio por vía oral. Además, la extracción de los dientes debió reemplazar la operación que había esperado en  vano, en el momento de la radiografía, y le había permitido reducir así la cantidad de libido acumulada en aquel momento. La neurosis se lo llevó sin embargo y ganó allí un motivo además para instalarse definitivamente. Es interesante subrayar que había comenzado por expresarse bajo la forma más original: la representación arcaica de un nacimiento por la boca se encuentra, por otra parte, en la imagen impresionante de la leyenda bíblica de Jonás donde el héroe es escupido por la ballena.

En la descripción de la fase introductoria del tratamiento, había relevado un rasgo característico del paciente, del que no podía dar inmediatamente explicación. La repito aquí en el mismo momento cuando pude comprender este rasgo. La resistencia que se encuentra tarde o temprano en todo análisis [31] y que es una consecuencia inevitable del tratamiento, proviene evidentemente de fuentes diferentes en cada caso. También pide ser resuelta de modo diferente cada vez.

La resistencia  propia de la naturaleza de cada enfermedad es a menudo bastante compensada por la buena voluntad de los pacientes que perfectamente comprenden la gravedad y el peso intolerable de su enfermedad. Si van hasta la provocación, se trata de reparar en él inmediatamente y de mantenerse muy atento. Existe sin embargo un tipo particular de resistencia que hay que considerar como constitucional, y que merece nuestro interés por eso, sin negar la relación estrecha con nuestro caso.

Es un tipo de resistencia que aparece en una edad más precoz que la enfermedad y que desempeña un papel preeminente en la vida de todo individuo sano. El comportamiento de nuestro paciente fue marcado por una gran reserva que predominaba hasta el punto de plantear duros problemas al análisis. Aparecía siempre como vinculada a las tendencias erótico-anales, y finalmente, este lazo se reveló ser muy íntimo.

Basta con pensar en los grandes esfuerzos que pide la educación, en particular del esfínter anal, de todo niño, para suponer que un conjunto de reacciones psíquicas podría constituirse en respuesta a la interrupción progresiva de la actividad teñida de placer de este músculo oclusivo. La fuerza de estas reacciones dependerá de su fuente exacta. Ernest Jones[32] demostró la relación que existe entre la capacidad de odio y la adquisición precoz y forzada del control de los esfínteres. Sin pretender resolver el problema de esta relación significativa, lo que nos haría hablar de patología, haré ver que el mismo término de Verschlossenheit (reserva, renfermement) revela este lazo. El ejemplo de nuestro paciente es particularmente instructivo en la medida en que vimos cómo, justamente, el proceso mecánico de la defecación decisivamente se había transformado en rasgos  de carácter.

No tengo la intención de profundizar este vínculo aquí y renunciaré pues a hablar del problema psicológico de la actitud de reserva. Quiero sin embargo subrayar que este rasgo de carácter es más importante y más extenso que muchos de otras configuraciones erótico-anales; parece que se modifica y se transforma a lo largo de la vida. No sólo, encierra su contrario así como toda la serie de las formas intermediarias, sino que tiene también relación estrecha con ciertas características [33] mentales importantes. Así podemos distinguir comportamientos diferentes de reserva: orgulloso, modesto, seguro de sí mismo, solapado, etc. que se asocian fácilmente con un tipo [34] psicológico correspondiente. El disimulo de los paranoicos es probablemente un retoño patológico de esta actitud de reserva.

Vuelvo al papel predominante jugado por el erotismo anal en nuestro caso, porque éste actúa, por una razón particular, de modo completamente decisivo frente a otras impulsiones parciales, me pareció que podía obligar a estas últimas a cooperar y determinar su aporte libidinal.

Resumiré en algunas frases lo que vimos hasta aquí. Así como lo observamos, el goce oral se había conducido a un estadio donde sólo el espejo filogenético permitía tomar su parte libidinal. El voyeurismo está totalmente fijado sobre el objeto erótico-anal, así como el exhibicionismo demuestra un recuerdo de la pubertad (vergüenza de defecar al aire libre). La impulsión olfativa no necesita ser repetida en este contexto ya que su correlación con la analidad es casi general. El erotismo uretral se acerca a  lo que representa la otra mitad del placer de la excreción.

Finalmente, observamos que el sadismo había encontrado para expresarse por el rodeo de las impulsiones anales, y esto en parte después de una transformación en una impulsión masoquista y en parte bajo su forma reaccional: la piedad.

Así, a causa de su posición dominante, la impulsión erótico-anal en cierto modo, impregnó obligatoriamente todas las demás. La penetración de cada impulsión por la impulsión parcial dominante, que está probablemente presente en toda neurosis y que testimonia su carácter infantil, toma aquí valor de paradigma. Pero esta prioridad dinámica también tiene la importancia en otro contexto, a saber en su relación al estadio narcisista del desarrollo de la libido.

Según Freud, todas las impulsiones parciales se  reúnen en este estadio con vistas a la elección de objeto; sin embargo este coincide todavía con el yo.[35] Entonces, si la impulsión erótico-anal conserva su posición dominante, como es el caso para nuestro paciente, puede suceder que el narcisismo no se confirma de modo regular. Hasta una disposición al narcisismo tal como ella fue garantizada en la de nuestro paciente por la herida en la cabeza cede entonces al poder del erotismo anal. Es lo que observamos.

Todo este proceso no es específico por otra parte a este caso, parece más bien típico, en la medida en que suponemos que hay entre el narcisismo y la organización genital, un penúltimo estadio del desarrollo que es la fase sádica – erótico – anal.[36] Todo esto demuestra la importancia del erotismo anal para el desarrollo general de la psique.

Toda neurosis -o histeria- puede ser considerada como lo que es, en cierto modo, el adelantamiento autoerótico de representaciones vueltas inaccesibles a la conciencia porque están disociadas de la realidad.[37] En la de nuestro paciente, estas representaciones consistían en fantasmas de deseos homosexuales. El éxito de su neurosis, es decir el conjunto de los síntomas de la enfermedad, nos muestra que, allí todavía, la impulsión parcial erótico-anal había continuado dominando el narcisismo que probablemente se habría defendido contra este tipo de fantasma. Su conflicto que es  en el  fondo un conflicto entre libido y yo, debió buscar una salida en otro campo, el del complejo de castración. Podemos suponer, a priori, que un deseo homosexual pasivo logra realizarse en una neurosis, sólo en la medida en que el narcisismo del individuo se acomoda a eso. ¿Cómo puede entonces renunciar el neurótico a la actividad de su propio pene y a su propia virilidad? La idea que esto se explica por un erotismo anal constitucionalmente establecido me pareció siempre probable.

Freud trazó las líneas generales de este proceso. Es sobre todo el interés por los excrementos que es trasladado más tarde sobre el pene (excremento = “el primer pedazo del cuerpo al cual había que renunciar”). Si este interés es muy poderoso en el niño, puede asimilar las impresiones diversas a la de la amenaza de castración, y llegar a la idea que el pene sería también un poco de – cosa –  separable – de – cuerpo. Esta idea se hace certeza tan pronto como “la exploración sexual del niño comprobó la falta del pene en la mujer”. Nuestro paciente había podido hacer esta comprobación a la edad de seis años (nacimiento de su primera hermana). Si recordamos cuánto estuvo ocupado por sus fantasmas erótico-anales en aquella época, tenemos derecho a suponer que los pensamientos típicos que acabamos de describir, atravesaban su espíritu.

Querría ahora llamar la atención de dos hechos en relación a esta cuestión que  aparecieron  en el curso del análisis. Ciertamente no es por casualidad la inmensa mayoría de los símbolos de excrementos son al mismo tiempo símbolos de castración – uñas, cabellos, dientes, y  este hecho indica en sí que se interfieren fuertemente entre los dos.

El segundo hecho me parece todavía más importante y está probablemente en todos los casos de homosexualidad pasiva inconsciente.

Estos pacientes no muestran en general ningún signo de defensa psíquica contra la amenaza de castración y dan la impresión de haber aceptado rápidamente la posibilidad de perder el pene. Este éxito hay que tenerlo en cuenta en la hegemonía de la tendencia erótico-anal, que parece ser llamada a asimilar una experiencia traumática de la psique infantil. Podemos sacar la conclusión general que las actividades autoeróticas de la infancia no sirven sólo para cumplir un trabajo preliminar, sino un trabajo que estructura en el  sentido más amplio del término.

No querría cerrar las consideraciones que conciernen al conjunto de los síntomas del erotismo anal sin hacer mención de sueños típicos del paciente que fueron un soporte precioso, aunque difícil para el tratamiento analítico.

Se presentaban, a ejemplo de otros síntomas, como construcciones de una capa casi inaccesible del inconsciente, y su traducción, cuando era posible, encontraba sólo incredulidad y oposición violenta. Al mismo tiempo, estos sueños me asombraban por su “redondez” extraordinaria, incluso la belleza de su forma, que hubiera podido explicarme de otro modo sólo por un sentido innato para las producciones fantasmales en el paciente. Su padre y su abuelo habían sido narradores excelentes. Habían conservado y transmitido con amor a la generación siguiente la bella herencia de las leyendas húngaras. Esto explica posiblemente la presencia de numerosos símbolos en los sueños del paciente y su papel activo en otras formaciones inconscientes de esta neurosis (el símbolo del carozo, del diente, etc.). Al fin, fue justamente gracias a los sueños, que consigo rodear las resistencias para alcanzar los verdaderos fantasmas patológicos de la neurosis.

Sin embargo, todavía hoy, tengo la impresión de que fue más bien el hecho de encadenar sus experiencias efectivas a una sucesión coherente, que la posibilidad de servirse del lenguaje simbólico de los sueños, lo que llevo al paciente a comprender y abandonar las posiciones libidinales infantiles que le habían provocado tanta culpa. Los ejemplos que elucidé a lo largo de la historia de la enfermedad son posiblemente la mejor ilustración. Me contentaré con relatar aquí dos ejemplos muy bellos de sueño.

 

Sueño I

 “Sube a una colina dónde se encuentra una ruina. Al llegar  arriba, se acuesta a la sombra y contempla la vista delante de él hasta que el sueño lo gana. Más tarde, se despierta porque un anciano con la cabeza desnuda, apoyándose en un bastón, lo mira. Tiene la impresión de que el anciano lo despertó con su bastón o con su mano. Éste le pregunta por qué pasa su día de manera tan inútil mientras que puede hacer algo útil. Así como verdaderamente no tiene que hacer nada, le pide consejo al anciano. Éste le señala la ruina con su bastón diciendo que hay allí un pozo dentro del cual sólo tiene que bajar y sondear las paredes. Si encuentra allí un lugar hueco, debe abrirlo y recibirá entonces el salario de su trabajo. Mientras que reflexiona sobre las palabras del anciano, éste desaparece. Sigue el consejo, desciende en el pozo, y descubre allí una cavidad secreta llena de jarras, de viejas joyas y de monedas de plata. Todos estos objetos están cubiertos de moho”

 

Sueño II

 “Un amigo[38] desconocido lo invita a su campo. Allí, le muestra en primer lugar establos en los cuales el ganado está ubicado en orden y separado según nombre y origen. A la izquierda, se encuentra una pieza cerrada en la cual penetra cuando su amigo no está cerca de él. En pequeños nichos divididos en compartimentos ve un gran número de huevos de gallina recubiertos con paja. Toma uno en su mano, un huevo particularmente grande que tiene la forma de un garbanzo, y lo examina con estupefacción: hay sobre el huevo letras que se vuelven cada vez más legibles. Al regreso de su amigo devuelve rápidamente el huevo a su sitio. Van luego al patio donde se encuentra una especie de jaula en la cual se crían animales que parecen a ratas y  difunden un hedor insoportable. El campo se encuentra en la cumbre de una colina. Más abajo se encuentra un cementerio desierto con un sauce en el medio. Bajo el árbol, percibe una tumba ruinosa y un poco más lejos una capilla. En compañía de su amigo, entra en la capilla: de una y otra parte del pasillo central están alineados ataúdes de niños. Sobre las tapas de los ataúdes están puestas figurillas modeladas y pintadas que representan a los muertos. Por una puerta con cristales penetra en la pieza central donde se encuentran los ataúdes de los adultos. Volviéndose, por casualidad, ve a través de la puerta vidriada que los niños muertos se pusieron a bailar, pero tan pronto como  perciben que los mira, vuelven a acostarse en su sitio. Queda estupefacto y no creyendo  lo que ven sus ojos, empieza de nuevo la experiencia. Cada vez, los niños bailan y vuelven a acostarse tan pronto como los mira. Entre tanto, su amigo desapareció y es tomado por un gran miedo porque puede salir al aire libre sólo pasando por el pasillo central”

Este género de sueños abundaban en el análisis y me parecieron ser proyecciones completamente típicas de sus fantasmas erótico-anales. Me permitían, por este hecho, un cierto enfoque diagnóstico que se confirmaba, con el apoyo del material mnésico efectivo.

El historial de la enfermedad se resume brevemente. Al principio del tratamiento analítico, el caso se presentaba como una histeria debido a un accidente. 

Poco a poco, se volvió evidente que no era el mismo accidente que constituía la causa inmediata de la enfermedad, sino un acontecimiento anexo sobrevenido en el momento del tratamiento en el hospital (la escena de la radiografía), y apoyado el acontecimiento, por experiencias significativas de la infancia y de la adolescencia. El síntoma así constituido actúa como defensa contra un fantasma de deseo de homo-sexualidad  pasiva. Al mismo tiempo, la neurosis movilizaba cantidad de recuerdos erótico-anales, que habían dirigido la formación del síntoma. En el momento de las crisis, como lo mencionamos, el recuerdo de un parto presenciado en la infancia fue reavivado. Este parto, ya en esa época, había servido para rechazar fuertemente rastros mnésicos  semejantes (los partos frecuentes de la madre).

Las experiencias infantiles efectivas estrechamente vinculadas a la actividad dominante de una impulsión parcial. Pudimos actualizar una participación impresionante del erotismo anal en la constitución sexual del paciente.

Desmontando pieza por pieza, las formas antiguas y actuales de expresión de este análisis, y siguiendo las fijaciones libidinales y sus transformaciones en rasgos de carácter, nosotros conseguimos alcanzar los elementos de donde la neurosis de carácter había sacado su fuerza y a reducir poco a poco los efectos patológicos.

Aunque el paciente haya conservado una parte bastante importante de su libido para poder llevar una vida sexual normal, los síntomas patológicos se habían vuelto bastante intolerables para someterse hasta el final a un tratamiento analítico con la paciencia y la perseverancia necesarias para obtener el resultado satisfactorio.

El material psíquico particular que pudimos sacar justificará la abundancia de los detalles que aporté para tratar este caso.[39]

 


[1] Traducción del francés al español Mónica Rossi
[2] Entre estos dos textos se sitúan dos ensayos particularmente importantes: “Disposición a la neurosis obsesiva” (1913) y “De la transposición de las impulsiones, en particular del erotismo anal” (1916) a los cuales me referiría más tarde. También tienen que subrayar los trabajos de Jones sobre este tema por su dialéctica sutil y la riqueza de su material.
[3] Esto pasaba en las primeras semanas después de la revolución
[4] N.d. T: Leiblichkeit
[5] Bildungstrieb: impulsión cultural, impulsión epistemofílica
[6] N.d.T. Riñón, limpio.Nota del autor: su actitud frente al dinero era completamente racional salvo en un punto que traiciona su erotismo anal: no le gustaban los billetes de banco manchados. Se los daba a su mujer o los gastaba sin motivo a pesar de su sentido de la economía.
[7] C.f. Jones, A propósito de los rasgos de carácter  del erotismo anal, Internationale Zeitschrift für ärztliche Psychoanalyse, V. Jahrganag, 2, Heft, 1919.
[8] El paciente establece una relación significativa entre este comportamiento extremadamente importante para la resolución de la neurosis y el hecho que durante su hospitalización se sentía molesto por todo servicio hecho por una mujer, y rechazaba sobre todo a la que le hiciera una enema, un acto imposible para una mujer según su opinión. El pudor solo no basta totalmente para explicar este comportamiento. También veo allí un rasgo de homosexualidad pasiva.
[9]Más tarde, cuando yo tuve elementos para exponerle este estado de hecho al paciente, se calló un instante, luego respondió: “el doctor K. dijo lo mismo a mi mujer cuando le interrogó respecto a mi estado. Decía no entender mis quejas, pero que habría podido comprenderme más fácilmente si no fuera u n hombre. Esto alrededor de un año”Debo reconocer que esta confirmación intuitiva por parte de un colega desconocido que había puesto así el dedo sobre el punto sensible, me fue de una gran satisfacción. Por supuesto, primeramente, no obtuve más efecto que mi predecesor sobre el paciente.
[10]La relación entre el enfriamiento y el disturbio intestinal no había podido estar establecido y parece haber escapado de los médicos de cabecera de la época. La enfermedad reciente (el accidente) permite pensar que la neurosis había sido reactivada gracias a un proceso orgánico – acompañado por dolores – podemos pues suponer una fijación masoquista, cuyo análisis abastece de numerosos indicios.
[11]Un fantasma verdadero de “nacimiento salvador”. También reconoceremos un rasgo sádico contra la cual lucha el sentimiento de piedad. Por otra parte, después de haber educado al niño, para recuperarse de su espanto, el paciente le había dado una buena corrección, como una madre que castiga a su niño.
[12] N.d. T.: Lebenwunsch: deseo que había tenido toda su vida – deseo de vivir – deseo de hacer vivir-
[13] Cf. FREUD, Analyse der Phobie eines funfjährigen Knaben (Análisis de la fobia de un niño de cinco años de edad) (Lumpftheorie, KI.Schriften III Folge, 1913 y Ueber Triebumsetzungern, insbesondere der Analerotik (Sobre las transformaciones pulsionales, en particular del erotismo anal), KI.Schriften IV Folge, 1918. – quiero marcar para este sujeto algunos elementos de la historia de la enfermedad de una joven mujer. Fuertemente fijada a su padre durante su infancia, comenzó a sufrir de un estreñimiento rebelde a partir de la edad de seis años (una o dos deposiciones a la semana acompañada por calambres dolorosos). En este momento nació su hermana más pequeña, que recibió primeramente con hostilidad que se transformó más tarde en una gran ternura maternal. Después de la muerte de esta hermana, los trastornos tomaron una forma melancólica. El estreñimiento, más o menos porfiado, duró durante veinte años y hasta se agravó después de su matrimonio, al principio sin hijos. Este estado se mejoraba visiblemente en el momento de las menstruaciones. Desde el nacimiento del primer hijo se curó espontánea y completamente. El análisis de este caso todavía permitió comprobar que el deseo infantil de tener un niño (del padre) se había convertido en síntomas intestinales. La maternidad finalmente había puesto término a una enfermedad aparentemente sin gravedad.
[14] Como lo sabemos a partir de numerosas neurosis y de sus paralelos etnológicos, el lado izquierdo está considerado como femenino. En general, los órganos genitales masculinos también se llevan de este lado.
[15]Komplexempindilichkeit: sensibilidad del complejo.
[16]Los chicos se divierten frecuentemente en asustar a su compañero en el momento de defecar.
[17]El paciente reproducía por otra parte todos sus recuerdos con una frescura notable. Es probable que el sentido de apego a la realidad que tienen estas personalidades anales esté en juego aquí. Apoyándome en un caso  muy convincente, pero bajo reservas, querría mostrar aquí, mis observaciones: los fantasmas que se desarrollaron bajo la dominancia de una fijación libidinal anal se manifiestan expresados curiosamente por un  carácter velado; esto posiblemente es debido al hecho de que en este estadio del desarrollo el psiquismo tiene un campo de acción todavía muy limitado.
[18] Cf. Freud, Petits Ecrits, el tomo III, nota p.164.
[19] la posibilidad de tal fijación por experiencias infantiles debidas al azar ya ha sido subrayada por Freud. Cf. Introducción al Psicoanálisis.
[20]este sueño vivamente recuerda la escena sorprendente de Enéïde o el héroe, el Enée, salva a su padre Anchise de la ciudad en llamas. Rasgos mitológicos también se encuentran en otros sueños. El paciente consideró que este sueño era profético y le había puesto en contacto con acontecimientos políticos. Volveremos a hablar más tarde de su tendencia a profetizar.
[21] FREUD. Observaciones psicoanalíticas respecto a una descripción autobiográfica de un caso de paranoia (Dementia paranoide). Pequeños Escritos, Tomo III, 1913. (el resaltado es nuestro)
[22] También los obsesivos parecen ser conscientes a veces de tales fantasmas. C.F Jones, “Algunos casos de neurosis obsesiva”. Anales de investigaciones psicoanalíticas, Tomo. IV, p. 574.
[23] Cf. JONES, Algunos casos de neurosis obsesiva. Anales de investigaciones  psicoanalíticas, Tomo V p. 98.
[24] Como en la poesía y en el pensamiento oriental, la granada con sus numerosas semillas representa un símbolo de fertilidad.
[25]Parecería tratarse de fantasmas juveniles con un componente infantil.
[26] Cf Jones, op. cit. P. 568
[27] El juego de escondite entre los niños, con placer vivo de encontrar el otro, constituye, para decirlo así, una descarga motriz directa y plena de placer correspondiente a este fantasma de muerte.
[28] Cf. Jones, Op. cit ., p. 596
[29] Se añade a eso la colección de dientes de la abuela y el diente de la nieta que había roto lanzando una piedra.
[30] N.d. T.: A partir de aquí, la traducción sigue el texto alemán dos páginas del texto inglés que faltan en este lugar.
[31] El odio y el erotismo anal en las neurosis obsesivas. In Papers Psycho – Analysis, 1918.
[32] Aquí la traducción retoma el texto alemán.
[33] Un tipo menos determinado de reserva pertenece al erotismo uretral (esfínter vesicae) que probablemente se expresa en formaciones más espirituales como todo lo que debe su existencia en el psiquismo a esta impulsión parcial.
[34] Freud, La disposición a la neurosis obsesiva, Pequeños Escritos, Tome IV, p. 118.
[35] Freud, frase citada.
[36]Freud. Introducción al Psicoanálisis, 1917, p. 424
[37] Freud, Sobre las transformaciones de las impulsiones, en particular del erotismo anal, Pequeños Escritos, IV parte, 1918.
[38] Este sueño introduce al paciente en una primera fase de su enfermedad. El desconocido probablemente es el médico.
[39] Eisler, «Eine unbewuste Schwangrschaftsphantasie bei einen Manne unter dem Bilde einer traumatischen Hysterie (klinischer Beitrag zur Analaerotic)».Traducido del Alemán al francés por Annemarie Hamad con la ayuda de Hélène Weiss, Jacy Alazraki, Annik Salamon, Liliane Fainsilber:
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