Sandor Ferenczi

Lacan objeta los postulados de los analistas que afirman que la represión de la pulsión homosexual es la causa de las psicosis. Inferimos que uno de los autores aludidos es Sandor Ferenczi. La referencia corresponde a la página 102
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En el artículo:Algunas observaciones clínicas sobre enfermos paranoicos y parafrénicos” [1], correspondiente al capítulo XXIII del libro Psicoanálisis II, Ferenczi analiza un caso y de su historial desprende las siguientes conclusiones:

También sabía ahora porque acusaba a otros, sobre todo a este individuo mayor, de intenciones homosexuales respecto a él: era simplemente su propio deseo el que estaba en el origen de este pensamiento.

Cuando volví a verle no tenía una clara consciencia de su enfermedad. Objetivaba de nuevo sus sensaciones periféricas; su demencia paranoica de antaño se había despertado parcialmente, pero descartaba con horror sus ideas homosexuales, negaba la existencia de su psicosis y no creía en la relación causal entre sus impresiones psíquicas y la homosexualidad.

Luego analiza otro caso y concluye:

Estos dos casos tienen en común (además de la homosexualidad latente, constante en los casos de paranoia y parafrenia…) el aportar indicaciones sobre la importancia de la deformación de sistemas delirantes, tan característicos de los enfermos paranoicos.

X. Un Caso de paranoia desencadenado por una excitación de la zona anal [2] (1911b).

(Complemento al problema de las relaciones entre homosexualidad y paranoia)

El análisis de la autobiografía de Schreber así como la observación directa de los enfermos han confirmado la importancia primordial de la inversión sexual en la patología de la paranoia. Tras mis primeras investigaciones – afirma Ferenczi- en este campo, he observado a numerosos paranoicos y he constatado que en todos sin excepción la enfermedad era provocada al fracasar la sublimación social de la homosexualidad. Se trata de individuos cuyo desarrollo ha sido perturbado al nivel del paso del amor centrado en sí al amor objetal y que, a consecuencia de una fijación narcisista infantil y de ulteriores causas fortuitas, han vuelto al estadio de desarrollo de la inversión sexual, que al ser intolerable para su conciencia los obliga a defenderse de la perversión. Como complemento a mis anteriores comunicaciones, aportaré un caso más reciente.

A continuación Ferenczi relata los síntomas de un paciente de aproximadamente cuarenta y cinco años, afectado, como él mismo dijo, de manía persecutoria. Según su mujer, el enfermo tenía la idea obsesiva de que cualquier hombre que se le acercara era un enemigo, quería envenenarlo, le señalaba con el dedo, se reía de él, etc. Si cantaba el gallo en el corral, si se le cruzaba un extraño en la calle, era todo por su culpa y se refería a él.

 Pregunté al enfermo sobre sus relaciones conyugales (pues sé que los celos no son únicamente atributo de las demencias alcohólicas). El enfermo y su mujer me respondieron conjuntamente que todo iba bien (…) aunque a partir de su enfermedad el hombre carecía de actividad sexual, pero sólo porque tenía otras preocupaciones.

Le pregunté después si se interesaban por la vida de la comunidad y de ser así si se había modificado este interés a partir de su enfermedad. (Sé por experiencia que los individuos que evolucionarán hacia la paranoia demuestran un vivo interés y desarrollan una intensa actividad en la vida pública –como los homosexuales muy caracterizados-, pero que cesa más o menos por completo cuando aparece la demencia) La mujer afirmó con fuerza. Su marido era el notario de la ciudad y en calidad de tal desarrollaba una actividad extraordinaria; sin embargo, a partir de su enfermedad se había desinteresado por completo de los asuntos públicos.

El enfermo, que hasta entonces había escuchado todo con calma, confirmándolo y aprobándolo en ocasiones, se agitó de repente; pidió explicarse, y acabó diciendo que su mujer me había dicho todo esto a escondidas porque de otra manera no hubiera podido adivinarlo todo tan exactamente.

Proseguí la entrevista a solas con el enfermo, quien, volviendo a la cuestión precedente confirmó sus celos, que no quería admitir delante de su mujer. Sospechaba de su mujer y de todos los hombres que iban a su casa. (Observaciones anteriores me habían permitido interpretar sus celos, junto a la abstinencia sexual de varios meses que demostraba la tibieza de sus sentimientos, como la proyección de su preferencia por su propio sexo; por supuesto que no comunique esta interpretación al paciente)

Le pregunté después en qué circunstancias había aparecido el cambio en él y en torno a él. El enfermo respondió con un relato muy coherente; hacía algunos meses que había sufrido una tras otra dos intervenciones quirúrgicas debidas a una fístula anal. Creía que la segunda operación se la habían hecho mal. A continuación tuvo durante mucho tiempo la impresión de que algo se agitaba en su pecho y muchas veces al día le acometía una “angustia mortal”. En esos momentos sentía que la “fístula le subía bruscamente hasta el estómago, lo cual le haría morir”. Pero ahora se había curado de aquella angustia y la gente pretendía que estaba loco.

Su mujer y otro acompañante confirmaron sus afirmaciones, en particular el hecho de que sus ideas delirantes no habían aparecido hasta la desaparición de la parestesia y de la angustia provocada por la intervención. Más tarde, había acusado incluso al cirujano de haber cometido un error intencionadamente.

Lo que sabía sobre la relación entre paranoia y homosexualidad me condujo al razonamiento siguiente: la necesidad de una intervención activa de hombres (médico) en torno al orificio anal del enfermo pudo despertar las tendencias homosexuales hasta entonces latentes o sublimadas, haciendo revivir recuerdos infantiles.

Conociendo el significado simbólico del cuchillo, fue la segunda intervención, practicada sin anestesia, la que me pareció que había podido reavivar de modo regresivo, a causa de la herida recibida, la representación infantil del coito a tergo (habiendo sido introducido profundamente en el recto el instrumento cortante).

Sin ambages pregunté al enfermo si había hecho cosas prohibidas durante su infancia. Mi pregunta le sorprendió bastante. Dudó mucho tiempo antes de responderme y después, muy turbado, me contó que a los cinco o seis años se dedicó a un juego extraño con un camarada, precisamente el mismo que ahora era su enemigo encarnizado. Su camarada le había propuesto jugar al gallo y a la gallina. Él había aceptado y desempeñaba siempre el papel pasivo: era la “gallina”. Su camarada le introducía por el ano el pene erecto o un dedo; otras veces introducía cerezas, y, después, las retiraba con su dedo. Practicaron este juego hasta los diez u once años. Pero terminó desde que comprendió que era algo inmoral y repugnante; en adelante no había vuelto a pensar en ello. Me aseguró con insistencia que sentía gran desprecio hacia todos esos horrores.

Este recuerdo muestra una fijación homosexual muy intensa y prolongada en nuestro enfermo, rechazada enérgicamente y sublimada particularmente a continuación. La brutal intervención quirúrgica sobre la zona erógena anal debía haber creado las condiciones favorables para que despertara el deseo de repetir el juego homosexual infantil siempre vivo en el inconsciente. Pero lo que anteriormente no fue sino un juego de niños, se había reforzado desde entonces hasta convertirse en el instinto impetuoso y amenazador de un hombre adulto y vigoroso. ¿Es sorprendente que el enfermo intentara defenderse contra la localización anormal (perversa) de tan grandes cantidades de libido, tratando primero de transformarla en parestesia y angustia y, después, de proyectarla al mundo exterior en forma de construcción delirante? La parestesia que precedió al estallido de la manía persecutoria (la “ascensión” de la fístula anal al estómago) se apoyaba sobre la misma fantasía inconsciente homosexual pasiva que había propiciado la organización delirante. No es de extrañar que el enfermo intentara resolver así su sexualidad de modo parafrénico es decir, desviándose por completo del hombre para volver al autoerotismo anal; su delirio de persecución corresponde al “retorno del afecto rechazado”; un despertar de su amor a los hombres, sublimado durante mucho tiempo y luego completamente rechazado. El “gallo que cantaba” en su patio, con su lugar privilegiado en el sistema delirante del enfermo, representaba también sin duda su enemigo más encarnizado, el camarada de sus juegos infantiles en los que él hacía de gallina.

No he podido confirmar mi hipótesis de que el temor al envenenamiento simbolice aquí, como en muchos casos análogos, la idea de embarazo, pues sólo tuve una entrevista con el enfermo.

En este caso, el pronóstico me ha parecido incierto, sin excluir la posibilidad de una desaparición más o menos total de las ideas delirantes en el caso de que la fístula anal se cure por completo, acarreando una mejoría en la condición física del enfermo; entonces podría superar su capacidad de sublimación, es decir, vivir sus intereses homosexuales por el camino de la actividad social y de la amistad, en lugar de una perversión grosera aunque inconsciente.

En el “Papel de la homosexualidad en la patogenia de la paranoia”[3] (1911e), Ferenczi recuerda que en el verano de 1908 discutió ampliamente con el profesor Freud acerca del problema de la paranoia:

Estas entrevistas nos condujeron a una cierta concepción unitaria, aunque precisábamos una verificación experimental, desarrollada esencialmente por el Dr. Freud, correspondiéndome a mí la estructuración de nuestras ideas mediante determinadas proposiciones y objeciones. Entonces considerábamos que el mecanismo de proyección (de los afectos), tal como Freud lo mostró en el único caso de paranoia que había analizado, es característico de la paranoia en general. Admitimos también que el mecanismo de la paranoia ocupaba una posición intermedia entre los mecanismos; opuestos de la neurosis y de la demencia precoz …

Freud ha podido determinar, en estudios posteriores, detalles muy precisos relativos al mecanismo mental de las diferentes formas de paranoia, que sólo habíamos presentido en 1908, además de los caracteres fundamentales de la paranoia.

Sin embargo, Ferenczi aclara que, el objetivo de su trabajo es particularmente comunicar una experiencia, que ha observado en los análisis de los paranoicos.

He constatado que el enfermo no proyecta el mecanismo paranoico contra cualquier interés libidinoso, sino, según lo que he podido observar hasta ahora, exclusivamente contra una elección de objeto homosexual.

En el paranoico analizado por Freud la homosexualidad desempeñaba ya un papel considerable, o al menos suficientemente considerado por el autor en la época.

Maeder halló también «tendencias homosexuales indiscutibles» tras los delirios persecutorios de los dementes paranoicos que había examinado.

Por el contrario muchos casos que he observado apoyarían la idea de que la homosexualidad no juega un papel ocasional, sino el principal en la patogénesis de la paranoia, y que la paranoia no es posiblemente más que una deformación de la homosexualidad.

 I

A continuación analiza a un sujeto de unos 38 años de edad. Es el marido de una empleada de la casa del propio Ferenczi, quien un día le relata que éste bebe mucho y la insulta sin ningún motivo. Al enterarse de que también la había golpeado decide hablar con él:

le exigí que cesara de beber y tratara convenientemente a su mujer, lo cual me prometió llorando. Cuando le di la mano, no pude impedir que me la estrechara con fuerza. Atribuí entonces este gesto a su emoción y a mi actitud «paternal» (aunque era más joven que él).

Tras esta escena, reinó la calma durante algún tiempo en la casa. Pero al cabo de algunas semanas, se repitió el incidente, y al examinar al hombre con atención observé que presentaba todos los síntomas del alcoholismo crónico. La mujer me confesó entonces que su marido le acusaba constantemente y sin ninguna razón de infidelidad. Sospeché enseguida que se trataba de un delirio de celos alcohólico, tanto más cuanto que yo sabía que la mujer era honrada y modesta

Las cosas, con el tiempo, empeoraron y allí, al decir de Ferenczi, se le hizo evidente que se trataba de un paranoico alcohólico:

Supe más tarde que en esta época también tenía celos de mí, pero la mujer me lo ocultaba por razones comprensibles. En tales condiciones, yo no podía mantener a la pareja a mi servicio, pero atendiendo las súplicas de la mujer consentí en conservarlos hasta el fin del trimestre. Sólo entonces conocí detalles de  las desavenencias familiares. El marido, obligado a explicarse, negó haber golpeado a su mujer a pesar de los testimonios visibles que lo confirmaban. Pretendía que era mujer «de hígado blanco», una vampiresa que «chupaba la fuerza viril». Tenía cinco a seis relaciones con su mujer por noche, pero esto no bastaba, y ella se ofrecía a cualquiera. Tras esta entrevista, se repitió la escena descrita anteriormente. Se apoderó de mi mano y la estrechó en medio de lágrimas, afirmando «no haber conocido jamás hombre más gentil y más amable que yo».

Cuando comenzaba a interesarme en el caso, también desde el punto de vista psiquiátrico, supe por la mujer que desde su boda su marido sólo había tenido con ella dos o tres relaciones. A veces realizaba una tentativa -generalmente a tergo- y después rechazaba a su mujer insultándola: «desvergonzada, puedes hacerlo con cualquiera menos conmigo».

Comencé a desempeñar un papel cada vez más importante en su delirio. Trataba de arrancar a su mujer la confesión de que se acostaba conmigo amenazándole con un cuchillo. La mañana que estaba yo de viaje, penetraba en mi dormitorio, olía mi ropa, y después, pretendiendo haber reconocido el olor de su mujer, la golpeaba. Quitó a la fuerza a su mujer el pañuelo que le había yo regalado tras un viaje, y lo acariciaba muchas veces al día; pero también era inseparable de la pipa que le había regalado a él.

Cuando finalmente supo que no podría seguir trabajando para Ferenczi cayó en la melancolía, se dio por completo a la bebida, insultando y golpeando a su mujer, y amenazándole con expulsarla, y en cuanto a mí, su «favorito», me amenazaba con apuñalarme. Pero ante mi presencia era educado y respetuoso. Sin embargo, cuando supe que se acostaba con un cuchillo de cocina afilado y que se había dispuesto en una ocasión a penetrar en mi alcoba, ya no fue posible aguardar los meses que les quedaban. La mujer avisó a las autoridades que, provistas de un certificado médico, lo internaron en un hospital psiquiátrico.

Indiscutiblemente se trataba en este caso de un delirio paranoico de celos, de origen alcohólico. Pero el carácter ciego de la transferencia homosexual sobre mi persona autoriza la interpretación de que los celos que tenía de los hombres no eran sino la proyección de su propio atractivo erótico por éstos.

Su repugnancia en las relaciones con su mujer no era sólo simple impotencia, sino la consecuencia de su homosexualidad inconsciente.

Por lo tanto, no era el alcohol la causa profunda de la enfermedad; se había dado a la bebida por la oposición insoluble entre sus deseos heterosexuales conscientes y sus deseos homosexuales inconscientes; a continuación, al destruir el alcohol la sublimación, apareció el erotismo homosexual, del cual sólo podía librarse la conciencia mediante la proyección, es decir, el delirio de celos paranoico.

La sublimación no quedó enteramente destruida, sin embargo. Pudo sublimar parcialmente sus tendencias homosexuales…

En el punto II del artículo, el análisis recaerá sobre una mujer, quien, luego de años de matrimonio, y tras haber tenido varias hijas mujeres, finalmente pudo dar a luz al tan anhelado hijo varón y, en ese momento cayó en un deliro de celos.

Todo comenzó a parecerle sospechoso en su marido. Tuvo que despedir a las cocineras y doncellas hasta conseguir que sólo hubiera en la casa criados masculinos. Pero no logró nada con esto. El marido, considerado como un modelo y que me juró solemnemente no haber faltado jamás a la fidelidad conyugal, no podía dar un paso ni escribir una línea sin que su mujer lo vigilara, sospechara o lo insultara.

… su comportamiento se hacía cada vez más insólito, sus amenazas cada vez más inquietantes, de forma que fue necesario enviar a la enferma a una casa de salud. (Antes de internarla, pedí el parecer del profesor Freud sobre la enferma; éste aprobó mi diagnóstico, lo mismo que mis tentativas analíticas)

Respecto de las ideas delirantes de la paciente había algunas caracterizadas por el deseo de grandeza y el afán de interpretación. Abundaban en el periódico local las alusiones respecto a la moralidad dudosa y la situación ridícula de la mujer engañada; estos artículos habían sido encargados a los periodistas por sus enemigos. Incluso las más altas jerarquías (como el obispado) estaban al corriente de estos tejemanejes, y si las grandes maniobras reales se habían desarrollado precisamente cerca de su residencia, era porque todo tenía relación con los secretos propósitos de sus enemigos.

Luego de algunas conductas que la paciente tuvo en el centro de salud, Ferenczi comenzó a interrogarla sobre sus hábitos sexuales en la infancia y fue ella misma la que se me confió (bajo secreto) que durante toda su niñez había practicado la masturbación mutua con otra niña por instigación de ésta. (La enferma sólo tenía hermanas, no hermanos.) Las comunicaciones siguientes de la enferma -cada vez más raras por cierto- manifestaron una fijación muy intensa hacia su madre y hacia los domésticos femeninos.

… Este caso de delirio de celos sólo puede explicarse suponiendo que se trata también aquí de una proyección sobre el marido del interés que despiertan las personas del mismo sexo

La homosexualidad, refrenada hasta entonces, intenta precipitarse violentamente y en forma abiertamente erótica sobre todos los objetos que no permiten sublimación (chicas jóvenes, mujeres ancianas, criadas); pero todo este erotismo homosexual lo atribuye la paciente a su marido, salvo cuando puede disimularlo bajo la máscara de un juego inocente. Para reafirmarse en esta mentira, debe mostrarse muy provocativa con los hombres, que son ya para ella bastante indiferentes, e incluso comportarse con su marido como una ninfomaníaca.

El tercer paciente que presenta es un empleado municipal, quien dice sentirse perseguido injustamente por sus conciudadanos.

El solo hecho de que desde el principio me trajera toda una colección de recortes de prensa, copias de documentos, octavillas redactadas todas por él, numeradas y clasificadas en un orden ejemplar, despertó mis sospechas. Una ojeada sobre los escritos me persuadió de que tenía enfrente a un maniaco de la persecución y del procedimiento. Le convoqué a examen a la mañana siguiente, pero las raíces homosexuales de su paranoia aparecieron a partir de la lectura de sus escritos.

Sus disgustos comenzaron con una carta en la que comunicaba a un cabo que el oficial que vivía frente a él «se afeitaba ante la ventana, unas veces en camiseta y otras desnudo. Después pone a secar sus guantes en la ventana en una cuerda, como lo hacen en las pequeñas ciudades de Italia». El enfermo rogaba al oficial que pusiera fin a tal escándalo

… Un día denunció a otro oficial ante el nuevo general, acusándole de haber insultado a su hermana en la calle diciéndole «¡Puaf, puerca alemana!». Su hermana confirmaba la cuestión mediante una carta que claramente estaba escrita por el propio paciente. Después se dedicó a los artículos de los periódicos donde planteaba complicadas adivinanzas con los lugares «peligrosos», entrecomillados. Por ejemplo, hablaba de un proverbio francés que en alemán sería «das L… t … ». A duras penas conseguí adivinar lo que significaba: «das Lächerliche tötet»(Lo ridículo mata.).

Finalmente, el caso llegó a una autoridad superior que pidió el informe del estado mental del sujeto, el cual fue a ver a Ferenczi con la esperanza de ser reconocido como sano.

Basándome en observaciones precedentes de paranoicos, era fácil establecer aquí también la extraordinaria importancia de la homosexualidad a partir de los hechos mencionados. La eclosión de la manía persecutoria latente hasta entonces fue provocada la vista de un «oficial semidesnudo», cuya camiseta, calzoncillo y guantes habían causado aparentemente una gran impresión en el enfermo. (Véase el papel de la ropa de cama en los dos paranoicos celosos descritos anteriormente.) Nunca denunciaba ni acusaba a las mujeres; siempre se refería a los hombres, generalmente a escribanos o a funcionarios superiores. Tuve que explicar esto por la proyección sobre estas personas de su propio interés homosexual, precedido de un signo negativo. Su deseo expulsado del yo volvía a la conciencia como la percepción de una tendencia persecutoria hacia los objetos de su predilección inconsciente. Busca y rebusca hasta convencerse de que se le odia. De esta forma, su capa de odio puede dar libre curso a su propia homosexualidad, disimulándola ante sí mismo. Los oficiales y funcionarios tenían su preferencia en la persecución; se explica esto porque su padre era funcionario y porque tenía familia militar. Supuse que éstos eran los objetos primitivos, infantiles, de sus fantasías homosexuales.

La galantería y la ternura excesiva hacia las mujeres correspondían aquí a la extraordinaria potencia de que se jactaba el paranoico alcohólico y a la pseudo-ninfomanía de la mujer celosa. He encontrado este rasgo en el análisis de la mayoría de los hombres claramente paranoicos.

Muchos homosexuales tienen «gran estima» a la mujer, pero sólo aman al hombre. Esto le ocurría a nuestro paranoico; pero en él el amor se había transformado, por una inversión del afecto, en manía persecutoria y en odio. La constante alusión a su hermana ofendida se explica por sus fantasías homosexuales pasivas inconscientes; su lamento al ser considerado como una vieja que satisface su curiosidad con oficiales desnudos y con sus prendas interiores, etc., lo confirman. Así, pues, cuando se lamenta conscientemente de ser ofendido por hombres que le persiguen, piensa inconscientemente en agresiones sexuales de las que él sería objeto. Puede verse en este caso cómo se hunde la sublimación sexual de la homosexualidad, edificada a duras penas, probablemente bajo el peso de una excesiva proliferación de las fantasías infantiles y puede ser que también a consecuencia de otras causas ocasionales ignoradas por el yo, y cómo surge en el delirio la perversión infantil a base de estos intereses sublimados (exhibición).

El cuarto caso que Ferenczi expone no es una paranoia pura, sino una demencia precoz con fuerte coloración paranoica.

Se trata aquí de un maestro de pueblo, joven aún, que desde hacía un año se hallaba constantemente torturado por la idea del suicidio, según contaba su mujer, mayor que él en apariencia; se veía perseguido por el mundo entero y pasaba horas enteras observando lo que había frente a él.

Se trataba de un hombre que durante un cierto tiempo había conseguido sublimar su homosexualidad con éxito, pero al decepcionarle el director, al que hasta entonces había venerado, comenzó a odiar a todos los hombres y luego, para justificar su odio, se vio obligado a interpretar cualquier signo, gesto o palabra, como intención persecutoria. También me odiaba a mí; interpretaba en sentido hostil todas mis palabras, todos mis gestos, descomponiendo, traduciendo y deformando cualquier palabra que yo pronunciara, hasta convertirla en alusión hostil.

… El padre era un simple obrero; trataba a su hijo muchas veces con rudeza; indiscutiblemente el paciente no estimaba demasiado a este padre de condición modesta al que superaba intelectualmente, y deseaba otro padre más respetable. Lo encontró en la persona de su superior, el director de la escuela, a quien sirvió durante años con un celo infatigable, pero éste no correspondía a las exigencias del enfermo (verdaderamente muy elevadas)

Las observaciones expuestas le permiten a Ferenczi formular la siguiente hipótesis:

En la paranoia se trata de la reaparición de la homosexualidad hasta entonces sublimada, en la que el yo se defiende por el mecanismo mecánico de la proyección.

Se nos sitúa ante un problema mucho más difícil, el enigma de la «elección» de la neurosis, planteándose la cuestión siguiente: ¿Cuáles son las condiciones necesarias para que la bisexualidad infantil, la “ambisexualidad” , evolucione hacia la heterosexualidad normal, la homosexualidad, la neurosis obsesiva o la paranoia?

XXIV. El homoerotismo: nosología de la homosexualidad masculina [4]

En determinadas condiciones la homosexualidad insuficientemente rechazada puede reaparecer más tarde y manifestarse en forma de síntomas neuróticos; en particular en la paranoia que – según han podido demostrar recientes investigaciones- debe concebirse como una manifestación deformada del atractivo por el propio sexo.

… el único objetivo de mi comunicación es aportar algunos hechos de experiencia y algunos puntos de vista que se han impuesto a mí por sí mismos a lo largo de muchos años de observaciones psicoanalíticas de los homosexuales. Con ello se facilitará la clasificación nosológica correcta de los cuadros clínicos de la homosexualidad.


[1] Ferenczi. Obras Completas, Psicoanálisis Tomo II, Ed. Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1984
[2] Ferenczi, Sándor Obras Completas, Psicoanálisis Tomo I, cap. X “Un caso de paranoia desencadenado por una excitación de la zona anal”. Ed. Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1981.
[3] Ferenczi, Sándor. Obras Completas, Psicoanálisis Tomo I, cap. XIII. “Papel de la Homosexualidad en la Patogenia de la Paranoia”. Ed. Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1984.
[4] Conferencia pronunciada en el Tercer Congreso de la Asociación Psicoanalítica internacional de Weimar, en octubre de 1911 (en Psicoanálisis II)

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